La columna de Vicente Amador: Pan y circo… pero mucho circo (2)

El contexto de frivolidad cultural generalizado, del que hablamos la semana anterior, ha sido expuesto por Mario Vargas Llosa: “¿Qué quiere decir civilización del espectáculo? La de un mundo donde el primer lugar en la tabla de valores vigente lo ocupa el entretenimiento, y donde divertirse, escapar del aburrimiento es la pasión universal” (La civilización del espectáculo).

Vargas Llosa lejos está del puritanismo. No critica el deseo de esparcimiento. Mucho menos el interés por hacer atractivas las noticias, lo cual es tan viejo y conveniente como el mismo periodismo. Pero sí objeta que “pasarla bien” sea lo más importante, el valor supremo, el principio de decisión para determinar si algo vale. La idea, en mi opinión, no es nueva. Pero sí radiografía extraordinariamente una de las mayores pasiones y retos de nuestros  tiempo, la prioridad de la cultura chatarra, light.

Así, poco sorprende advertir que muchos noticieros han dejado de cumplir su central objetivo de informar, mutándolo por entretener, por acentuar —más que el relato de la realidad— la dimensión espectacular de los hechos. Un tipo de “periodismo circense”, como lo llama Guadalupe Rumbo, centrado en el escándalo, la exageración y el protagonismo de los presentadores. Seguramente Platón, como tantos otros filósofos, se dolería de atestiguar el triunfo de los sofistas; la persuasión al servicio de quien habla, no de la verdad.

En la misma línea se inscribe el éxito de la imagen, por encima de medios que exijan mayor esfuerzo intelectual como la lectura o el diálogo. Basta ver el compendio de videos y fotografías que han invadido las redes sociales. O, por supuesto, la prioridad otorgada (otra vez, ¡hasta en los noticieros!) a presentadores que cumplan con estrictos patrones físicos que resulten atractivos al público. Observemos con ojo crítico la programación de los principales canales de televisión abierta en México, las revistas de mayor circulación o algunos suplementos sociales de los periódicos para constatar con desagrado que el paradigma de belleza poco identifica a la mayoría de los connacionales.

Con todo y las poderosas fuerzas que mueven estos modelos ideológicos superficiales, nocivos y económicamente redituables, confío en que la adecuada formación intelectual —principalmente configurada dentro de la familia— pueden cambiar el escenario. “Afortunadamente, queda mucha historia por hacer. Y la historia es siempre, en definitiva, un hallazgo de la libertad”, dice Alejandro Llano. 

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