La columna de Yazmín Alessandrini: los ñoños del sexo

Hoy por hoy, la libertad sexual que vivimos en estos días tan bipolares definitivamente no tiene nada que ver con aquello que enfrentaron nuestros padres

El ritmo de estos tiempos modernos es vertiginoso. Todo, absolutamente todo, cambia y se transforma a la velocidad de la luz. El mundo cambia, la vida cambia, la gente cambia y, por consecuencia, la manera como los seres humanos abordan y entienden sus relaciones de pareja y su sexualidad obviamente también cambian. Hoy por hoy, la libertad sexual que vivimos en estos días tan bipolares definitivamente no tiene nada que ver con aquello que enfrentaron nuestros padres y nuestros abuelos.

Vinieron los sesenta, la llamada revolución sexual, la liberación femenina, junto con tendencias, modas y movimientos, y prácticamente los conceptos de sexualidad e intimidad jamás volvieron a ser los mismos. Para bien y para mal.

Sin embargo, como una especie de eslabón perdido, extraviado y desubicado, por ahí se quedó, rezagado, un tipo de hombre cuyos conceptos y costumbres “a la antigüita” le impidieron adaptarse a estas modernas expresiones sexuales que no logró entender y que, por ende, ya no le permitieron encontrar mujeres afines para gozar de una sexualidad que muchos ya consideran anticuada.

 Porque, hay que reconocerlo, con la emancipación de la mujer y la irrupción del feminismo la sexualidad sufrió cambios verdaderamente dramáticos y poco comprensibles para muchos. Las nuevas dinámicas sexuales condicionadas por la apertura y la curiosidad femeninas de pronto han sido del todo comprendidas por los hombres, quienes en consecuencia han tenido que sufrir sobre la marcha y en carne propia todas estas transformaciones en las que no encajan del todo, ya sea por cuestiones morales, sociales e incluso religiosas.

 Para much@s resulta sumamente complicado de entender que existan hombres y mujeres que gustan de prácticas como hacer tríos o intercambios de parejas (swingers), mientras al mismo tiempo existen varias personas más que consideran este tipo de sinergias como “muy normales” e incluso cotidianas dentro de su sexualidad. Cuestión de enfoques… y también de educación.

 Asimismo, hay caballeros que durante los años de su juventud sus episodios más perversos tenían que ver, a lo mucho, con la masturbación y mirar pornografía en las revistas del papá, de los tíos o del hermano mayor y ahora, de repente un buen día se encuentran con una mujer que es adicta a mirar pornografía por internet o está suscrita a un sitio en el que, en tiempo real, se masturba simultáneamente con un desconocido que está prácticamente al otro lado del mundo.

 ¿O qué tal esas chicas que están acostumbradas, además de tener relaciones intimas con su pareja, van acompañadas de sus juguetes favoritos o gustan de consumir algún estimulante (legal o ilegal) para optimizar o extender su rendimiento sexual, lo que de inmediato “saca de onda” a su pareja, sobre todo si se trata de alguien que no sea tan open mind como ella?

 Lo mismo sucede con aquellos varones de espíritu y mentalidad tradicionalistas que disfrutan del sexo únicamente en la comodidad de su alcoba y echando mano de posiciones “muy normales”, lo cual no es malo, pero probablemente si un poco pasado de moda para algunos, sobre todo para algunas devoradoras que gustan de practicar el sexo donde sea y como sea, incluso convirtiéndolo en una especie de deporte extremo por el altísimo grado de riesgo y de adrenalina que le imprimen.

 Ciertamente la sexualidad se disfruta mejor (en calidad y en cantidad) entre aquellas personas que comparten gustos similares y descubren afinidad entre ellas. Sin embargo, es un hecho incontrovertible que muchos hombres se quedaron varados en el pasado en lo que respecta al tema sexual y difícilmente encuentran su sitio en el convulsionado Siglo XXI porque, como dice Roberto Carlos, son de esos amantes a la antigua…

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