La columna de Toño Esquinca: el mundo gris

Elegir dejar de sentir es una especie de inmunización para poder pasar por encima de los otros

Los grises son seres que decidieron separar las emociones del cuerpo a favor del poder. La exención del sentir, para poder acumular, tener más, y creer -en su extraño mundo mental- que se ubican en una posición superior. Una especie de fantasía del dominio y la supremacía que, curiosamente, lejos del efecto que quieren provocar, resulta ser un tanto infantil; una especie de malicia retorcida, pero torpe. Torpe porque cualquier cosa que elija desalinearse del principio básico de la vida y del mecanismo de la inteligencia que crea todo, termina siendo como un prolongado dolor de muelas para el Universo, para sí mismo, y para los demás. Elegir dejar de sentir es una especie de inmunización para poder pasar por encima de los otros, hasta de los de la misma sangre, cometer cuanta atrocidad se pueda y -concibiendo la vida como una vil competencia- sentir que se ganó un juego de poder. En el mundo gris sólo se acumula, nada se comparte, sólo se piensa en términos de salirse con la suya, de tener la sangre fría, y vivir el desvarío de querer dominar a la propia naturaleza.

En el mundo gris, la tecnología avasalla para ser más deslumbrante que los latidos de un corazón, y se cree que el nivel de satisfacción está relacionado a la cantidad de acumulación y pertenencia, y que la calidad de vida es directamente proporcional al costo que se invierta en ella, y no a la manera de sentirla a cada instante. En el mundo gris, cuando se tiene, se acumula, y cuando no se tiene, se roba, se ultraja, se viola y se lastima, porque en el mundo gris, la orden del día es la supervivencia. En el mundo gris no hay principios, porque entonces no podría hacerse trampa, y el mundo gris está lleno de escapatorias engañosas, de promesas falsas, de estratagemas sin escrúpulos, y en una palabra, de bajas traiciones; por eso, en pos de avanzar en el tablero de un juego ficticio, en el mundo gris se transgrede la vida junto con las cualidades más altas del ser humano, y se inventan imitaciones sintéticas de la naturaleza; se crea detrás del espejo, se implantan sistemas económicos perversos que en realidad son como un gran parásito lleno de parásitos.

En el mundo gris, las artes, el amor por el conocimiento y el fruto del espíritu, se colocan por debajo de modernas tiendas de raya por habitar este mundo, y la sabiduría queda eclipsada por los gélidos tecnicismos para controlar más y mejor el tan codiciado juego de poder. En el mundo gris, la pantalla del progreso pretende ser y hacer las veces de bienestar común, y es un impostor que toma el lugar de la evolución verdadera. El mundo gris tiene gran popularidad, porque es como una especie de vida chatarra, sin embargo, es un mundo caduco, pasado de moda, viejo, cansado, aburrido y tonto. Los grises de otros mundos abandonaron este absurdo juego desde hace ya mucho tiempo, y seguramente siguen atónitos ante la imbécil necedad de los grises de la Tierra que creen que algún día ganarán para dominar otros mundos.

Los grises se alimentan del miedo, pero ellos se desbaratan de terror en cuando un ser humano se convierte en un espíritu libre, despierto, consciente, e inevitablemente feliz y capaz de amar, ante cualquier circunstancia. Un gris no puede comprender el amor, porque por perseguir el juego del poder, anestesió el único nervio que podía hacerlo sentir vivo, y así se privó para siempre de poder sentir el verdadero gozo de vivir.

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