La columna de Toño Esquinca: el arte de ser real y la realidad del arte

El arte es lo más cercano a lo real y verdadero de cada persona, pues viene desde aquél fondo en donde nadie interviene

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Ser real es inherente a nuestro ser, pero parece mentira cómo a través del tiempo esta capacidad que de niños permanecía cristalina, se va alejando a punta de creencias condicionadas sobre cómo ser aceptado. El crecimiento sano implica la madurez otorgada por las propias experiencias, y el descubrimiento de quién es uno mismo: sus preferencias, gustos, talentos, etc., de tal manera que en la adultez tendríamos que mostrarnos aún con más potencia tal cual somos, con todo el poder de nuestra verdad sosteniéndonos; pero tristemente no sucede así en la mayoría de los casos.

Conforme vamos aprendiendo que esto o lo otro es lo que conseguirá hacernos parecer como personas valerosas, validadas, acreditadas, reconocidas, exitosas, lindas, agradables, poderosas, etc., tomamos estas virtudes prestadas y queremos hacerlas encajar en un molde al que tal vez no le vaya tan bien: nuestra propia verdad, y entonces la cualidad pierde su significado; en ese camino sólo tenemos fachadas artificiales buscando encajar. Pero recuerde usted que lo que no viene de la verdad nunca podrá sostenerse por mucho tiempo o dejar verdadera trascendencia en nuestro paso por la vida. Por eso es que el arte es lo más cercano a lo real y verdadero de cada persona, pues viene desde aquél fondo en donde nadie interviene, en donde el torrente de genuina sensibilidad puede ser traducido y bajado a la materialidad por cualquier medio, el arte no es arte por bonito, por rebuscado, por elegante, sino precisamente porque no busca nada, no es pretencioso, y mucho menos busca encajar; por el contrario, es la apasionada expresión que ha encontrado una puerta de salida culminando en una pieza sublime, y es portentoso por lo que transmite, es decir, por los armónicos cuasi perfectos de frecuencia producto de la verdad de donde viene.

No es una fachada, el arte es arte por la capacidad de un ser humano para ser real y expresarlo al mundo. No son galerías, ni formatos, ni clases, ni sectas artísticas que encajonan al arte en un estereotipo, previniendo el único encuentro que puede completar el círculo de riqueza: la verdad de la diversidad de todas las formas de vida como alimento del arte, y viceversa. Todos tenemos el potencial de ser artistas, de nuestro propio destino y en cada cosa que hacemos, a cada paso, pues el arte verdadero no se limita a una u otras expresiones, está latente en cada respiro, siempre y cuando provenga de lo más real de cada uno. Podemos hacer un arte de lo que hacemos, no importa qué sea, pero si lo hacemos alineados a nuestra verdad más profunda, y lo impregnamos con la carga electromagnética de nuestro amor, entonces estamos haciendo arte. Así como dicen que la verdad da libertad, entonces el arte que es verdadero también nos da el derecho a esta libertad: a ser con todo lo que se es, sin necesidad de disfraces que nos dejen encajar en un mundo al que en el fondo ni siquiera queremos pertenecer. Gracias a todos los verdaderos artistas. 

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