¿Conoces tus derechos emocionales?

Nuestra columnista Silvia Olmedo nos habla sobre los derechos emocionales que tienen todos los individuos por el hecho de ser un ser humano

¿Conoces tus derechos emocionales?

En el momento que tú eres consciente de algo, que sabes que tienes derecho a ello tu actitud cambia y te sientes con la fuerza y la valentía de reclamarlo y sobre todo estableces el límite en el que ya no dejas que abusen de ti o si lo hacen al menos eres consciente de que la otra persona lo está haciendo.

La declaración de los derechos humanos o los derechos del trabajador han ayudado a que la persona se sienta empoderada por algo que antes pensaba que le daban como favor y era su derecho.  En el terreno laboral tu actitud cambia y de sentirte culpable por no acceder a las demandas de tu empresa, te sientes empoderado en reclamar que se pague por ese trabajo adicional que te están demandando.

Conocer tus derechos puede ser muy peligroso para cualquier tipo de empresa o persona tóxica, de repente trazas una línea para poner límites, te proteges y recobras el poder de decisión sobre ciertas cosas que son un derecho y que te había hecho pensar que te concedían como favor.

En  la lucha contra la toxicidad emocional hay un antes y un después que se produce en el momento en que alguien te lee tus derechos. «Tiene el derecho a guardar silencio. Cualquier cosa que diga puede y será usada en su contra por el tóxico de turno. Tiene el derecho de hablar con un psicólogo. Si no puede pagar uno se le asignará uno de oficio»

¡Es broma! No me refiero a la ley Miranda, me refiero a los derechos básicos que tiene todo individuo por el hecho de ser un ser humano. ¿Te parece obvio? Entonces, ¿conoces tus derechos? Para muchos esto es evidente, lo que ocurre es que la mayoría no lo tenemos en mente cuando nos dejamos manipular, ningunear, intoxicar o llevar donde no queríamos ir. ¿Por qué? Porque no éramos conscientes de que estábamos saltándonos nuestros derechos y dejando que otros los pisotearan.

Si sabemos que tenemos derecho a algo, nuestra actitud y conducta cambian. Aunque pueda parecer algo obvio, mucha gente no defiende sus derechos porque no los conoce o no se los termina de creer. No sabe que tiene unos derechos emocionales y basta ser consciente de ellos para empezar a defenderlos. Por eso merece la pena que los conozcas. Jaku- bowski y Lange apoyan su teoría sobre la asertividad la cual, básicamente, consiste en defender los propios derechos sin violar los de los demás.

Tus derechos emocionales

Tienes derecho a
• Hacer lo que quieras mientras no violes los derechos de otros.
• Ser tratado con respeto y dignidad.
• Decir “no” sin sentirte culpable.

Sentir y expresar tus propias emociones.

Tomarte tu tiempo y pensar antes de actuar.

Cambiar de opinión.

Pedir lo que quieres (y los demás tienen derecho a negártelo, claro).

Hacer menos de lo que humanamente eres capaz de hacer.

Ser independiente.

Decidir qué hacer con tu cuerpo, tiempo y propiedad.

Pedir información.
•  Cometer errores (y responsabilizarte de ellos, claro).

Sentirte a gusto contigo mismo.

Tener tus propias necesidades, solicitar ayuda para satisfacerlas y
decidir si satisfaces las de los demás.

Tener y expresar opiniones.

Decidir si cumples las expectativas de otros o sigues tu propio
camino o interés.

Hablar y aclarar los problemas con las personas involucradas.

Obtener aquello por lo que pagas.

Elegir comportarte de manera no asertiva o poco habilidosa
socialmente.

Tener derechos y defenderlos.

Ser escuchado y tomado en serio.
• Estar solo cuando así lo quieras.
Y una importante obligación:
• Ser responsable de tus decisiones.

Defender tus derechos es una obligación pero también una habilidad muy útil en todos los ambientes tóxicos en los que te muevas. Te ayudará a mantenerte firme y si los tienes claros, no dejarás que te desvíen de los objetivos que tienes en la vida o que renuncies a ellos.

Como hablo en mi libro Detox Emocional somos nosotros los primeros que abrimos la puerta a las demandas emocionales de la gente tóxica sin darnos cuenta que tenemos el derecho a, educádamente, cerrar nuestra puerta y no dejar entrar a nadie.

 

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