Rebelarse contra el infierno

La llegada de Trump al poder nos ha puesto un espejo enfrente, en el que podemos reconocer nuestras fallas y corregirla

“Trump no es el problema. Yo no le tengo miedo. Es más, yo no lo tengo miedo a casi nada, no le tengo miedo al desierto, porque lo crucé sin agua, con días enteros en los que no sabía si iba a llegar a algún lugar. Finalmente llegué (aquí) a trabajar tres turnos, a lavar platos, a cuidar niños y hoy, después de diez años, mis hijos tienen escuela y salud. Pero ¿sabe a qué sí le tengo miedo?, a regresar al infierno. A mi tierra donde uno tiene que cargar el agua durante cuatro horas para llevarla a casa, donde a uno se le pueden morir los niños por falta de medicinas o donde a uno lo pueden matar y nadie hace nada. Ustedes (allá) se han acostumbrado a vivir en el infierno”. Estas fueron las palabras que me compartió una mujer oaxaqueña hace unas semanas cuando estuve en Los Ángeles, en el marco de las actividades de la Operación Monarca.

Es duro escuchar las historias de nuestros paisanos. Duele saber cómo abandonaron sus familias, sus pertenencias y su país, sólo buscando la supervivencia, y ya ni siquiera el famoso sueño americano, tal como lo señala León Krauze en su libro La Mesa: historia de nuestra gente.

Ante esta realidad, la pregunta es: ¿qué tenemos que hacer aquí, nosotros, para dejar de ser ese infierno del que huyen quienes migran?

La llegada de Trump al poder nos ha puesto un espejo enfrente, en el que podemos reconocer nuestras fallas y corregirlas. Para lograr que México sea la potencia mundial que está convocado a ser, debemos diseñar un nuevo país, y para eso, propongo avanzar en tres formas.

Primero: construcción de armonía. Necesitamos un país donde se termine la violencia entre nosotros y hacia el medio ambiente. Es prioritario sanar y reconstruir nuestro tejido social, impulsando una política nacional que tenga como prioridad el respeto a las mujeres y los niños. Es aquí donde está la clave para la transformación del país, y del mundo: menos testosterona y más empatía y desarrollo colectivo. También debemos replantear la política de seguridad y combate a las drogas, legalizando la marihuana para consumo lúdico y la amapola para uso médico. Basta ya de tanta sangre derramada por prohibiciones inútiles.

Además, México tiene una oportunidad gigante para avanzar en el aprovechamiento de las fuentes renovables de energía, como el sol y el viento, debido a su posición geográfica privilegiada. Si apostamos por dejar atrás nuestra dependencia de los combustibles fósiles, no sólo nos beneficiaremos económicamente sino que vamos a redefinir profundamente la forma en que nos relacionamos con el entorno natural.

Segundo: generación de justicia. Nuestro país tiene que convertirse en un verdadero Estado de Derecho, donde todos sin excepción seamos iguales frente a la ley, y gocemos de la garantía de una defensa judicial eficaz, con un abogado de calidad. El dinero y el poder no pueden seguir siendo los únicos vehículos de acceso a la mal llamada justicia. De ahí la importancia de desaparecer el fuero para todos los servidores públicos, empezando por el Presidente de la República. Tampoco deben existir privilegios especiales en favor de ningún tipo de ciudadano. Asimismo, es indispensable tener jueces y fiscales que combatan la corrupción e impunidad sin titubeos.

Tercero: creación de riqueza. Debemos crear riqueza de forma colectiva y expansiva, sustentados en modelos regionales de emprendimiento que impulsen la creatividad, la innovación y el valor agregado. A la par, debemos orientar la educación hacia el desarrollo de capacidades para el siglo XXI, incorporando tecnología, cultura y un sistema universal de salud física y emocional.

Vivimos una oportunidad histórica para convocar a la reunificación de los que estamos aquí, y los treinta y cinco millones de mexicanos y mexico-americanos que viven en EUA.

Es momento de diseñar un país para 155 millones de personas y convocarlas, a todas, a rebelarse en contra del infierno.