Fidelidad e infidelidad...pros y contras

La condición humana, tan voluble, cambiante y convenenciera, una y otra vez adapta y readapta aquellas circunstancias en las que de pronto tenemos que juzgarnos a nosotros mismos y también juzgar a los demás

Por Yazmín Alessandrini

Se dice que la fidelidad es una imposición social y que va contra natura, porque ningún ser vivo con capacidad reproductiva puede ser limitado a una sola pareja sexual. Sin embargo, hay quienes consideran que la infidelidad indefectiblemente conduce a la promiscuidad y eso nos acarrearía muchísimos problemas de distinta índole, sobre todo de salud… no olvidemos que vivimos en la era del VIH y las ETS (enfermedades de transmisión sexual).

Pero, más allá de problemáticas y convencionalismos, en realidad ¿qué significa ser fiel o ser infiel y cómo es que hombres y mujeres por igual se ven tentados a caer en dinámicas que los orillan a buscar otras personas con las que terminan de romper la promesa de hasta que la muerte nos separe?

Por principio de cuentas lo primero que debemos desmenuzar son los conceptos de “fidelidad” e “infidelidad”, los cuales, me parece, dado el entorno de cada individuo, terminan siendo brutalmente subjetivos, porque con todo y que vivimos en una sociedad que tiene muy bien delimitadas las características de una y otra, lo cierto es que la condición humana, tan voluble, cambiante y convenenciera, una y otra vez adapta y readapta aquellas circunstancias en las que de pronto tenemos que juzgarnos a nosotros mismos y también juzgar a los demás.
Todos sabemos que la infidelidad se refiere a aquellas relaciones afectivas (noviazgos o matrimonios) establecidas por personas que, por libre albedrío, deciden hacerlas públicas o mantenerlas en secreto y que, llegado el momento se ven afectadas cuando uno de sus dos componentes (o ambos), ya sea por carencia de lealtad o por curiosidad erótica hacia otr@, quebranta el compromiso moral, religioso, legal, sexual, previamente establecido. Sin embargo, previo a este escenario, sería muy interesante cuestionarnos quién o quiénes decidieron que los componentes de una pareja están obligados, hasta que la muerte los separe, a renunciar a tener encuentros sexuales con otras personas más allá del hecho de afectar o no el vínculo emocional que existe entre esta pareja.

Ahora bien, ¿se puede tener sexo con otra persona y seguir amando a la pareja con la que se convive a diario desde hace mucho tiempo atrás? o ¿es necesario que exista contacto sexual con otra persona para considerar que existe infidelidad o simplemente hablar con alguien, salir con alguien más (a comer, al cine, a tomar una copa) y/o fantasear con alguien más en la intimidad ya debe ser considerado un adulterio? ¿Verdad que no es fácil llegar a un punto de acuerdo que nos permita forzar un balance favorable para las partes involucradas?

Sin embargo, cuando todo se mira bajo la lente de lo social, de lo políticamente correcto, de lo que hicieron nuestros padres, nuestros abuelos, nuestros bisabuelos y todos nuestros ancestros, lamentablemente vamos a entrar en terrenos sumamente complicados. Y lo es porque la moral (o, más bien, la moralina) siempre nos hace mirar con ojos condenatorios aquello que hacen los demás, buscando la comprensión y la benevolencia de los otros cuando nosotros caemos en esa conducta que nosotros tanto reprochamos. ¿Y por qué ocurre esto? Simple, porque todavía no somos capaces de despojarnos de esa careta que nos impone la doble moral; porque en lugar de confeccionar nuestros propios conceptos de lo correcto y lo incorrecto, del bien y del mal, seguimos permitiendo que convencionalismos ancestrales nos sigan dictando qué debemos juzgar como bueno y qué debemos considerar malo.

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