Paralizante o combustible

Es increíble como los adultos aparentamos que no conocemos el miedo, que somos casi inmunes a este, cuando, por el contrario desde mi punto de vista, es de valientes reconocer el miedo y usarlo siempre a nuestro favor, escribe Helios Herrera

Paralizante o combustible

Hoy vamos a platicar de un tema que podríamos pensar es cosa de niños, porque son ellos quienes, al parecer, son los únicos que tienen el derecho de sentir miedo de cualquier cosa; situación que cuando crecemos debe de desaparecer para poder pertenecer a la edad mayor y dejar de ser un chiquitín miedoso.

Sin embargo, queridos lectores, lo primero que tenemos que revisar y que hoy los invito a considerar, es que todos, sin discriminar edad, raza o cualquier condición sentimos de una u otra forma miedo. Basta pensar en nuestras reacciones tras el sismo, o esos terribles videos de los pasados sucesos en Las Vegas, donde las personas que ahí se encontraban, de manera espontánea experimentaron miedo y todo lo que este conlleva.

Es increíble como los adultos aparentamos que no conocemos el miedo, que somos casi inmunes a este, cuando, por el contrario desde mi punto de vista, es de valientes reconocer el miedo y usarlo siempre a nuestro favor, tema del cual hablaremos el día de hoy.

El miedo es un sentimiento que puede convertirse en un gran motor, fuente de fuerza y energía, o por el contrario, en el agente paralizador más grande que puede existir, al grado de anquilosarte, detenerte y pararte.

Afortunadamente y por sobrevivencia, la gran mayoría de las personas actúan con todo y el miedo, ya que esta emoción es algo involuntario que nos lleva a reaccionar. La cuestión es que no todos reaccionamos de la misma manera, muchas veces por falta de conocimiento para el manejo y gestión de esta emoción.

El miedo es energía pura y como tal debe ser canalizado. Hay que aprender a usarlo. Te daré algunos ejemplos de situaciones en las que se hace presente y nos catapulta positivamente. Imagina que vas caminando de noche con tu familia y de pronto aparecen dos tipos como de dos metros, con armas y en actitud poco amigable. O qué tal que se inicia un incendio en el edificio en el que estás durmiendo. ¿Qué haces en ambas circunstancias? Obviamente vas a experimentar miedo y mucho, pero acto seguido vas a reaccionar y actúas a partir de esta emoción. En pocas palabras, más vale decir “aquí corrió que aquí quedó”.

Recordemos que actuamos a partir de las emociones y el miedo es una de ellas, pero lo fundamental es que hay que usarlo a nuestro favor. Por ejemplo, podría ser que el miedo te hace ponerte la capa de súper poderoso y querer pelear a puño cerrado contra los dos tipos, al final el único resultado será que seas tú quien saldrá perdiendo.

Pongamos otro ejemplo simple y complejo a la vez: El miedo que podemos experimentar cuando vamos en un avión y hay turbulencia. Imagina que vamos 250 personas en el avión y estamos bajo una misma realidad, pero esta realidad nos lleva a experimentar diversas formas de miedo, reflejándose en el que se duerme y no se entera, el que va rezando a todos los santos, quien se pone las pilas para seguir adecuadamente las instrucciones o el histérico que no entra en sí para actuar de forma adecuada al momento y genera aún más caos. Ante una misma situación siempre van a existir muchas variedades, pero siempre unas serán mejor que otras. Y dentro de ese mismo avión, los expertos al mando que, a pesar del miedo, tienen que canalizarlo hacia el raciocinio para resolver la situación asertivamente.

Detrás del miedo hay ignorancia, por ende, el conocimiento lo vence. Cuando entendemos lo que hay atrás de nuestros temores, podemos menguar y superarlos, en el caso del avión los pilotos y los que saben de aeronáutica reconocen los movimientos que hay en el aire, y de cómo estos pueden mover un avión sin que lleguen a derribarlo, como la mayoría de los pasajeros lo están creyendo mientras pasan por esa turbulencia. Repito sólo racionalizando podemos controlar la emoción del miedo.

Ahora bien, ¿de dónde vienen los miedos? Otro tema importante es cómo heredamos miedos. Muchas veces contagiamos a nuestros hijos y descendientes, por desconocimiento. A esto se le conoce como miedo aprendido. A partir del estímulo y de la racionalización podemos heredarles traumas, temores o heredarles la acción.

Pregúntate ¿qué harías si no tuvieras miedo? Hagas lo que hagas, anímate a hacer las cosas, muévete. Como decimos, aviéntate, produce, actúa y quítate el miedo.

A lo mejor no aguantas al jefe que te hostiga o a tu pareja a la que cada vez menos toleras y te llevas peor, pero es el miedo a lo desconocido lo que te hace permanecer en aquel lugar que sabes que no estás bien ni quieres estar en él.

Miedos como motores

Recuerda que debes usar tus miedos como motores para hacer las cosas, cuando identificas los motivos y las razones de tus temores más grandes. Te comparto un ejemplo de esto: Si te propusieras trasladar un bulto con 50 kilogramos de cemento a una distancia de cuatro kilómetros tú solo sin ayuda. ¿Cuánto tiempo crees que necesitarías para culminar esta tarea? 50 minutos, quizá una hora. Ahora permíteme ser un poco agresivo, pensemos que tú hijo pesa 50 kg y que hay que llevarlo de emergencia médica a 4 km porque es el lugar donde lo pueden salvar. ¿Cuánto tiempo te llevaría trasladar a tu hijo tú solo, sin ayuda de nada ni nadie más que de tu fuerza física? El tiempo cambia verdad. Será que el kg de hijo es menos pesado que el kg de cemento. Por supuesto que no, la diferencia es la motivación.

La motivación implica definir cuáles son tus motivos para actuar, qué te impulsa a que hagas lo que tienes que hacer y para que lo hagas y lo hagas bien. Así como el ejemplo de los 50 kg, todos los días tienes que hacer tu trabajo y debes desempeñarlo bien. ¿Qué tanto te pesan estos kg?

No le tengamos miedo al miedo, úsalo. No te permitas que él te use. Hazlo tu combustible para llegar a dónde quieres.

Piensa reflexiona y actúa.

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