Dios en todo

Probablemente sea por eso que todas las escuelas espirituales coinciden en que el ser humano está hecho a imagen y semejanza de esta esencia superior y que, por lo tanto, amar a nuestro prójimo es sinónimo de amarnos a nosotros y a Dios mismo

Dios en todo

Las religiones del mundo apuntan a la omnipresencia y omnipotencia de Dios como dos de sus atributos principales y que abren paso a la reflexión profunda en ellos para abarcar todo el Universo desde el micro y hasta el macrocosmos. Esto quiere decir que esa inteligencia suprema, indescriptible y prácticamente indecible o difícil de acoger con los conceptos y palabras humanas está dentro de y viva en todo lo existente, no sólo en los reinos de la naturaleza, sino en los objetos y en cualquier manifestación de materia re-creada por el ser humano, pues todo es sustancia, todo proviene de la misma fuente, todo es uno. Sobre este principio y premisa de contemplación de la existencia, cualquier ser o presencia es un aspecto de esta sustancia que todo lo contiene.

Probablemente sea por eso que todas las escuelas espirituales coinciden en que el ser humano está hecho a imagen y semejanza de esta esencia superior y que, por lo tanto, amar a nuestro prójimo es sinónimo de amarnos a nosotros y a Dios mismo. Sin embargo, los seres humanos hemos creado también una tremenda distancia entre nosotros y Dios, al menos en la mente, imaginándolo incluso como un señor barbudo que lleva la cuenta de lo que hacemos mal o bien para después obligarnos a pagar una multa por nuestras fallas. Aunque las leyes universales nos indican que así es como funciona el principio de causa y efecto, este retrato se parece más a la figura paternal o de autoridad de una mente infantil e inmadura que al de un ser completo, crecido y responsable por sus actos.

Cuando realmente comprendemos las nociones de la unidad de la vida, descritas con gran maestría, por ejemplo, por los pueblos originarios, es cuando comenzamos a respetarla en todas sus facetas, y no tanto por miedo, sino por inspiración, por amor y por conciencia. Desde este punto de vista en cualquier escenario y a cada instante estamos ante la presencia de Dios / Diosa o todo lo que Es, y así, nos encontramos siempre ante la encrucijada: obedecer a la buena voluntad, o lastimar al principio mismo de la creación.

Así que al elegir dañar no estamos bajo ningún escondite en el cual podemos hacer el mal y después expiar la culpa yendo a los templos o pagando de alguna forma, sino que de manera directa estamos lastimando a Dios / Diosa. Sería interesante entonces que si usted no está acostumbrado/a o instruido/a a las buenas prácticas por y con la vida, haga el ejercicio de ver a Dios -como usted lo quiera concebir- justo en la persona que tiene enfrente: en aquél que va usted a ofender, a robar, a engañar, a estafar, a manipular, a lastimar, y déjese invadir por esta idea de que todos provenimos de, estamos conectados con, y pertenecemos a la misma y única sustancia. Verá que tanto su visión como intención es transformada por la alquimia de aquello que es más grande y poderoso.

En realidad esto no es sólo imaginación, sino que avalado cada vez más por el conocimiento científico de la mecánica cuántica, parece ser mucho más apegado a la verdad que la imagen del niño humano que es castigado por papá Dios. De poco sirve tirar la piedra, esconder la mano, hacer como que no se lanzó y después purgar una auto-condena llena de golpes de pecho estirando un ciclo que no termina y que aporta poco al crecimiento de la conciencia. Es más efectivo ubicarnos como extensiones unos de otros, porque por mucho tiempo que pueda tardar, aquello que sembramos a lo que parece ser el exterior siempre regresa multiplicado, porque en la realidad de las cosas jamás fue exterior, sino una extensión de aquello que Es y que somos.