La música invisible

Con el paso de los años, la música en su formato se fue haciendo más pequeña, más angosta, olía diferente, llegó el disco compacto, llegó el DAT y con esto hubo que invertir en cambiar los aparatos de reproducción

Por Jessie Cervantes

Platicando con mi maestro de inglés acerca de los discos acetatos, surgió el comentario de que antes la música era física, es decir, gozabas de la sensación, de comprar, no de rentar; de abrir, oler, tocar, hojear y al tener en tus manos un LP o cassette, tener que ponerlo en un reproductor para escuchar. Era toda una experiencia; cuando querías un disco había que ahorrar, ir a la tienda, en muchas ocasiones hacer fila para adquirir lo que podías considerar una pieza de colección o, dependiendo el caso, podía ser música de ocasión.

Con el paso de los años, la música en su formato se fue haciendo más pequeña, más angosta, olía diferente, llegó el disco compacto, llegó el DAT y con esto hubo que invertir en cambiar los aparatos de reproducción. En más de una ocasión pensamos que las tornamesas y las caseteras no se volverían a usar jamás; hoy son artículos que guardamos para nosotros, para nuestros momentos íntimos y que muy pocos poseen. Eso a pesar de que en el caso de los discos de vinilo se pusieron de nuevo de moda y se están vendiendo.

El tiempo marcó el destino de la música, llegó la posibilidad de crear un archivo digital con la compresión necesaria para ser escuchado y con el tamaño en miles para poder archivarse en un CD, en un disco duro o hasta en un USB. Hoy en día todo cambió, la música existe, las canciones existen, los tracks en vivo existen; emocionan, hay éxitos, son globales de manera más rápida, no se rayan, no se enreda la cinta, sólo que pareciera que hoy no ocupan un lugar en el espacio, pareciera que hoy la música suena pero es invisible; no huele, no se toca, hoy se paga una renta en cientos de miles para poder escuchar a tus mismas cien o cincuenta canciones favoritas, las de toda la vida, de las que seguro tienes discos y están en tus cassettes, con las que te casaste, tuviste el más intenso de tus romances, antes estaba en una tienda, en un tianguis, se rolaban o están en la nube, una nube que no sabemos exactamente dónde está, cuándo se llena o si –por tanta música guardada– un día puede explotar.

Antes los discos se perdían, hoy las canciones se borran de las grandes consolas que fueron protagonistas de las salas de cualquier cantidad de hogares pasamos a los celulares. Ahí está todo, en la palma de tu mano. De tener un mueble en donde estaban tus artistas favoritos por orden alfabético –pero que sólo bastaba jalar el material para ponerlo a sonar y lo podía hacer cualquier persona que tuviera acceso a el– a requerir de un usuario y una contraseña. Hoy la música existe, suena pero no está y, si la tecnología la desapareció físicamente, qué nos tendrá deparado el destino para escuchar nuestras canciones en los próximos diez años, tiempo en el que seguro cambiará hasta nuestra forma de ver conciertos. Únicamente espero que no tengamos que verlos sólo en una pantalla de celular, que no le tengas que mandar un mensaje a tu artista para que pagando te dé acceso a su show en formato digital y tengas que ponerte unos visores de RV para sentir lo que hoy sentimos en un estadio, o en un foro donde bailamos y sudamos juntos con otros 50 o 100 mil fans como nosotros.

Lo mejor de todo es que la música nunca va a parar, seguirá existiendo, con lo que deseamos que sea cual sea su forma nos siga moviendo, emocionando y llenando de energía.

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