Mikel Anaya

Para ellos, la política es espectáculo, show, representación. Las ideas brillan por su ausencia. Dicen lo que suponen les conviene, no lo que piensan. Su sustancia es el engaño.

Por César Cravioto

Hermanados por la herencia genética de la corrupción característica del PRIAN, a Mikel Arriola y Ricardo Anaya los fusiona la mentira como eje vertebral de sus discursos. Y la calumnia como argumentación.

Hasta en el aspecto físico son similares. Con parecida sonrisa congelada, imperturbable y displicente, sus asesores de imagen les indican cómo deben de caminar. Incapaces de la espontaneidad, aprenden de memoria sus discursos, cuándo deben ver a la cámara, qué prendas vestir, cómo agarrar el micrófono.

Para ellos, la política es espectáculo, show, representación. Las ideas brillan por su ausencia. Dicen lo que suponen les conviene, no lo que piensan. Su sustancia es el engaño.

Se presumen como jóvenes y visionarios, pero en realidad su ideología es en extremo conservadora. Son, eso sí, retrógradas convencidos.

Por ejemplo, Arriola hace voto Provida y se lanza contra el derecho de las mujeres al aborto y en contra de los matrimonios entre personas del mismo sexo. Mientras Anaya se empeña en hundirse en el lodazal de las bajezas, al sumarse a José Antonio Meade en la criminalización de luchadores sociales.
Como en la novela El gatopardo, en la cual los aristócratas, al advertir el inminente final de su supremacía optan por aprovecharse del nuevo régimen generado por la unificación italiana, Arriola y Anaya, convencidos del inaplazable término del sistema prianista, dicen pretender cambiarlo todo. Pero para que todo siga igual.

En efecto, Mikel Arriola ha laborado tanto en el PRI como en el PAN, mientras el panista Ricardo Anaya ha respaldado, de forma abierta, al gobierno priista de Peña Nieto. Uno y otro son, indistintamente, abanderados ideológicos del priismo y el panismo.

Pero se venden como candidatos ciudadanos con la intención de que la gente no los vincule con la corrupción de esos partidos.

En efecto, Anaya es un panista de conveniencia. Después de perder en 2000, de manera abrumadora, una diputación para el Congreso de Querétaro, fue secretario particular del gobernador de Querétaro de 2000 a 2003, y diputado federal por la vía plurinominal a partir de 2012.

Desde ese cargo impulsó las trece reformas estructurales propuestas por Enrique Peña Nieto, entre ellas las reformas educativa, de telecomunicaciones y la energética, a la cual calificó como “la más valiosa en términos de fomento productivo y económico”.

Y aún así, con la honestidad que lo caracteriza, en la campaña electoral ha sostenido que él no aprobó las referidas reformas. Y también rechaza haber aprobado el gasolinazo, que ha elevado, de manera superlativa, el precio de las gasolinas.

Pero por aquello de los pleitos de familia, su antiguo jefe, Felipe Calderón, reitera que Acción Nacional y Anaya son coautores de los gasolinazos por haber aprobado la Ley de Ingresos y el Impuesto Especial sobre Productos y Servicios.

Por su parte, el “ciudadano” Mikel Arriola y abanderado del PRI por la jefatura de Gobierno de la Ciudad de México fue, en el administración panista de Vicente Fox, coordinador contencioso de Banrural y gerente de Cumplimiento Normativo y subdirector corporativo de la Dirección General de Banobras.
Además, en la también administración panista de Felipe Calderón, el hoy candidato “ciudadano” del PRI fungió como asesor de Agustín Carstens, entonces secretario de Hacienda, y director general de Planeación de Ingresos y jefe de la Unidad de Legislación Tributaria de la Subsecretaría de Ingresos.

Y desde marzo de 2011 hasta febrero de 2016, titular de la Comisión Federal para la Protección contra Riesgos Sanitarios. Es decir, primero en el régimen panista de Calderón y después, en el del priista Peña Nieto.

Y a partir de 2016, director general del IMSS, cargo desde el cual se enorgullece haber logrado, según él, el rescate financiero del Instituto. Pero parece desconocer que los derechohabientes deben esperar largo tiempo para ser sometidos a una operación, y que, a falta de camas, permanecen en sillas de ruedas, o de plano postrados en el suelo, sin medicinas.

Tanto Anaya como Arriola se dicen seguros triunfadores en las contiendas por la Presidencia de la República y por la jefatura de Gobierno capitalina. Pero en realidad se disputan el segundo lugar en una y otra competencia.

Tan es así, que Anaya busca con desesperación el respaldo de Margarita Zavala a su candidatura para que ésta le endose el exiguo porcentaje de votos que la fracasada aspirante a la Presidencia presumiblemente tenía.

Entretanto, Arriola le pide a Alejandra Barrales, candidata del Frente por la Ciudad de México, que decline en su favor para generar una “verdadera oposición” y, según él, vencer a Claudia Sheinbaum.

Pero el 1 de julio, la voluntad popular los hará despertar de sus ensueños. Porque ni uniéndose Barrales con Arriola alcanzarían a Sheinbaum en la suma de las preferencias electorales, ya que, según las encuestas serias, la candidata de la coalición Juntos Haremos Historia suma, por lo menos, 52 por ciento de la voluntad popular. Y juntos, Arriola y Barrales, tan sólo 36 por ciento.

Un proceso similar ocurre en el caso de la contienda por la Presidencia de la República, en la cual Andrés Manuel López Obrador acumula casi 50 por ciento de la preferencia de los votantes, mientras Anaya se encuentra inamovible, a veinte puntos porcentuales de distancia.

Tanto Arriola como Anaya llaman a la unidad. Pero ni volviéndole a guiñar el ojo a Peña Nieto, éste conseguirá derrotar a López Obrador. Y Mikel ya fue desairado por Alejandra Barrales.

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