El patio de juegos de nuestros niños

Esa sensación natural de molestia que te impulsa a buscar proteger al vulnerable prueba que el ser humano no es cualquier realidad, tiene una dignidad especial dentro de los seres vivos

Por Vicente Amador

Recuerdo una clase de antropología sobre la dignidad del ser humano. En aquella sesión, el profesor mencionó que una prueba empírica, palpable de que el ser humano tiene una “dignidad especial” es que la conciencia nos duele cuando nos damos cuenta que alguien comete una injusticia contra otro ser humano, especialmente si es un menor de edad. Por ejemplo, si alguien le hace daño a un bebé nos ofende… y no sentimos lo mismo si alguien patea una piedra.

En opinión de aquel maestro, esa sensación natural de molestia que te impulsa a buscar proteger al vulnerable prueba que el ser humano no es cualquier realidad, tiene una dignidad especial dentro de los seres vivos. Y más sensible es la conciencia cuando se afecta a una persona más indefensa como es el caso de los niños.

Estoy de acuerdo con aquella clase, pero creo que no a todos nos brota esa indignación. Si así fuera, en México no habría 3.2 millones de menores de edad realizando trabajos que no les corresponden. Esta cantidad representa el 11% de los 29 millones que tienen entre 5 y 17 años, quienes deberían estar formándose en las aulas, jugando, y no obligados a trabajar para susbistir (Cfr. INEGI, 2018).

Más duele la conciencia, la humanidad, al saber que dos millones de estos niños, que ya de por sí están enfrentando un trabajo que no les toca por su edad, además realizan actividades que atentan contra su desarrollo físico e intelectual, trabajos peligrosos y hasta en condiciones de esclavitud.

Es el sector agropecuario donde más niños trabajan (34.5%). Un tercio de los menores trabajadores realizan actividades no permitidadas en el campo: siembran, cosechan, deshierban, cuidan animales, podan (Cfr. Ídem).

Sobra decir que no es sólo el número, podemos imaginar los riesgos a los que se exponen: por las temperaturas, los animales, la distancia con centros de salud, la falta de protección social, de normas de seguridad, y tantos otros peligros que sólo de pensarlos, apretujan el corazón.

Otro dato apabullante: prácticamente el 30% de estos menores trabaja más de 36 horas por semana (Cfr. Ídem). Evidentemente, jugar o asistir a la escuela resultan lujos en muchos casos prohibitivos.

Pocos temas son tan duros y tan tristes, como la explotación de las niñas y los niños. Sucede en México y sucede en todo el mundo, donde la OIT estima más de 200 millones de menores realizando trabajos peligrosos: sirvientes en Myanmar, pescadores en Ghana, obreros en Bangladesh, fábricas en Turquía, ladrilleras de la India, basureros del Perú, son algunos de estos espacios infames.

Como bien lo señala Saúl Arellano, “el trabajo infantil es uno de los pasajes oscuros de nuestra modernidad podrida. Y es la hora de erradicarlo”.

A los candidatos presidenciales, cuando fueron niños.

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