El sueño cumplido

Por César Cravioto

El 9 de agosto, Andrés Manuel López Obrador recibió la constancia de presidente electo. Y en consecuencia, el combativo sueño de millones de mexicanos por la igualdad y el cambio verdadero comenzó a convertirse en realidad.

Porque sin ellos, sin su decisión de romper el control autoritario de los aparatos del Estado para construir una sociedad libre, los postulados sociales de López Obrador estarían condenados a encerrarse en la utopía.

Por eso, en estos momentos de euforia popular debemos rescatar la memoria de los vencidos por el autoritarismo secular, aún prevaleciente. De aquellos que ofrendaron todo: vida, recursos, familia en aras de construir un país en el que todos tuviéramos derecho a la felicidad, en primer término, los marginados de siempre.

No es entonces casualidad que en la antesala de su toma de posesión como presidente constitucional de los Estados Unidos Mexicanos, López Obrador recordase a Emiliano Zapata y advirtiera: “El Estado democrático de derecho transitará del ideal a la realidad”.

En la sede de la Sala Superior del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, que fuera escenario de tantos agravios a la voluntad de la gente, de forma categórica señaló:

“En la elección del primero de julio quedó demostrado que así como el autoritarismo y la abyección envilecen y desprestigian a las instituciones, la voluntad democrática de la ciudadanía puede renovarlas y fortalecerlas”.

Palabras que concuerdan con las tesis del “filósofo de la memoria”, el alemán Walter Benjamin, quien postulaba:

“Es necesario recuperar la historia de los vencidos para redimir su sufrimiento y transformar el presente”.

Así, con la mira puesta en la cuarta transformación de la República, en el marco de los grandes movimientos de nuestra historia: la Independencia, la Reforma y la Revolución, López Obrador reivindicó su victoria electoral como manifestación del hartazgo de la sociedad y de la conciencia cívica contra los excesos del aparato de poder.

Como en su momento lo hiciera José María Morelos en sus Sentimientos de la Nación, la victoria de López Obrador también obedece a su capacidad de interpretar los Sentimientos de la Ciudadanía, como lo manifiesta su mensaje en el Tribunal Electoral:

“La mayoría de los mexicanos están hartos de la prepotencia, del influyentismo, de la deshonestidad, de la ineficiencia. Y desean, con toda el alma, poner fin a la corrupción y a la deshonestidad”.

En ese tenor, al resaltar las causas profundas de su triunfo, reconoció la decisión de millones de compatriotas que aspiran a edificar una República “sin la monstruosa desigualdad económica y social que padecemos”.

Determinación que desbordó el ámbito del núcleo duro de seguidores que lo han respaldado, para sumar “lo mismo a clases medias que a buena parte de los sectores acaudalados que optaron por políticas públicas que mejoren las condiciones de vida del prójimo, para privilegiar las preferencias por los olvidados y los más pobres de México”.

Porque López Obrador sabe que representa las esperanzas de la mayoría de mexicanos, la certeza de que se puede reencauzar la energía social por el sendero de la igualdad y la democracia participativa e incluyente.

Y de manera pacífica.

En tal sentido, pidió no desperdiciar esta oportunidad histórica, al recalcar que se han generado “condiciones políticas inmejorables para llevar a cabo la cuarta transformación de la vida pública”.

A contrapelo de las andanadas mediáticas de los personeros de un régimen que se sabe derrotado, por cierto cada vez menos significativas, López Obrador se compromete a no traicionar la confianza de quienes votaron por un gobierno justo.

Al respecto, ese emblemático 9 de agosto aseveró:

“El pueblo ha conquistado con energía y dignidad su derecho indiscutible e indiscutido de regir sus propios destinos y de ser gobierno. Contamos con amplias bases de legitimidad para hacer realidad el deseo colectivo de vivir con justicia y libertad”.

Para cumplir con ese designio reiteró su llamado a la concordia y la promesa de “reformular la política de seguridad, hoy centrada casi exclusivamente en el uso de la fuerza, a fin de reconstruir la reconciliación nacional en el bienestar y la justicia”.

Porque como decía José Ingenieros, el pensador argentino de origen italiano:

“En la utopía de ayer se incubó la realidad de hoy, así como en la utopía de mañana palpitarán nuevas realidades”.

Un sueño cumplido. El primero de los muchos que habremos de cristalizar.

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