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Por Toño Esquinca

Aunque vivimos una era en la que pareciera que las cualidades positivas han perdido su popularidad o que ser persona buena es sinónimo de ser persona tonta, la realidad de la naturaleza es la bondad. Al final de los finales, siempre, la vida es bondadosa. Es sumamente importante que en estos tiempos en donde valoramos tanto la libertad seamos muy cuidadosos de aquello que estamos transmitiéndole a las nuevas generaciones.

La línea de confusión entre las imágenes de lo que se pondera como éxito, poder, fama, realización, y las actitudes negativas que permitimos y fomentamos como sociedad puede ser muy delgada. Es fundamental que quienes están aprendiendo a formar sus valores tengan clara la diferencia entre ser una sociedad libre, o una sociedad cínica; que aquellas representaciones de lo que tenemos como modelo aspiracional no estén lo suficientemente mezcladas como para no saber distinguir unas de las otras.

Tener la conciencia clara entre ser delincuente y ser valiente, entre tener poder interior a ser sádicos, entre ser libres y ser indiferentes al dolor ajeno, entre ejercer un derecho y tener una conducta parasitaria, entre superarse y trepar por la mala, entre ser ricos con riqueza y ser pobres ricos, principalmente en que aquellos nuevos seres humanos, a quienes estamos heredando este mundo, no se crean eso de que los seres fuertes, valientes, exitosos, poderosos, famosos, no tienen nada que ver con la generosidad, el esfuerzo, la honestidad, la integridad, la justicia, la sinceridad, la bondad, sino al contrario, que entre más malosos, gandallas, indiferentes, insensibles, egoístas, mejor se verá su imagen y mejor les irá en la vida.

Aunque todo parezca patas para arriba en ese sentido y hemos optado por callar al ver una injusticia, debemos recordar que no ha sido porque lo injusto sea lo correcto, ni lo nuevo, ni lo cool, sino lo que de alguna manera creemos que nos protege. La bondad es una de las características intrínsecas de la naturaleza, de la Creación, de Dios o como le queramos llamar.

No está ni siquiera en un polo, sencillamente es una de las fibras que conforman la vida, aquello que somos, y todo lo que Es. Basta comprobarlo en los ojos tiernos de un recién nacido de cualquier especie, en la ternura de una planta que a penas va brotando, en el primer sentimiento noble que se rompe cuando se conoce una herida. Ahí, y detrás de todo, a cada momento y a cada instante, hay bondad.

Pero es trascendental que constatemos que nuestra niñez lo sepa, lo viva, lo conozca y lo sienta, porque de lo contrario, les ponemos en el terrible peligro de creer que su propia naturaleza está hecha de otra cosa, y con esto, de confundirles en el sentido más profundo de su existencia. Aunque lo veamos en la televisión, en la publicidad, en los estereotipos, las leyes del universo no cambian o dejan de funcionar por tan sólo ignorarlas, y aquello que se siembra tarde o temprano se cosecha.

La atmósfera de libertad en todo sentido es muy positiva, siempre y cuando tengamos la caución de que aquellos que recién llegan a este mundo no siembren para su camino los frutos amargos que conlleva el no poder distinguir entre lo natural de la bondad y el aprendizaje de las elecciones que hacemos los seres humanos en el uso de nuestro libre albedrío para moldear la bondad hasta hacerla parecer maldad.

Es muy importante que permanezcamos atentos para que si alguien tropieza en la calle, nuestras nuevas generaciones se detengan a brindar ayuda antes de filmarlo para publicarlo en las redes sociales. Al final, esto es para preservar que su propio camino –aún  largo- pueda sostenerse en una sociedad que se cuida a sí misma.

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