Dar

Por Toño Esquinca

Reza un viejo adagio que quien no nace para servir no sirve para vivir, y aunque en un sentido todas las personas cumplimos una función para la vida que por alguna razón más allá quizá de nuestra comprensión nos puso aquí, hasta que no te cae el veinte de forma consciente de que sirviendo y dando es como realmente te vuelves a unir a la vida, o al todo, o a Dios, sigues sólo viendo para tu santo o restando en vez de sumando.

Al final todo parece tratarse de la realización del Ser, por lo tanto, a pesar de que las conductas parasitarias en cierto sentido también cumplen su rol, no es ni ahí ni así como queremos quedarnos, ni en donde queremos justificar una existencia invertida en el vagabundeo sin oficio ni beneficio.

Si fuimos dotados con todas nuestras capacidades fisiológicas para ser conscientes de aquello que nos rodea y de aquella sustancia de la que estamos hechos, entonces tenemos el enorme compromiso con nuestro propio Ser de dejar que este se realice, es decir, de ofrecerle con el poder de nuestra intención las herramientas disponibles para que convierta en realidad aquello que vino a ofrecer a este mundo. Es una elección adormecernos o no ante el hecho de existir para aprovechar la oportunidad de hacer florecer la semilla que absolutamente todos llevamos dentro.

El entramado misterioso de la vida ya trae consigo los reveses o aquellos compromisos kármicos que tenemos que cumplir cabalmente como co-creadores, pero esos se los tenemos que dejar a Dios o a esa inteligencia que todo lo abarca y todo lo comprende. La parte que nos toca es ponernos a trabajar, a cultivar el Ser, y principalmente la conciencia, porque esta es muy similar a una planta, a un cachorro, o a un bebé cuyo descuido se puede convertir en la fatalidad más grande que nos pudiera pasar.

Encender la lámpara interior, o hacer emerger esa parte luminosa dentro de cada uno es en definitiva la primera manera de dar y de darnos a los demás. Bien es dicho que no es posible dar lo que no se tiene y por eso es que cuidar y cultivar aquello que somos en conciencia es la base para poder dar todo lo demás. Y no es un trabajo fácil, ni de una sola vez, ni de un evento o suceso en el que nos sentimos iluminados, sino un esfuerzo del día a día.

Probablemente esa sea una de las razones por las que las oraciones más socorridas contengan la petición -palabras más palabras menos- de evitar que caigamos en la tentación. En la tentación de la ignorancia, del adormilamiento, de la auto-indulgencia, del drama, de la indiferencia, de la amargura, del odio, del propio oscurantismo; porque entonces es lo mismo que daremos a las y los demás, y la materia prima desde donde nacerán nuestras creaciones.

El acto de dar es tan grande que importa mucho comprender de dónde parte. Si aún creemos que construir destruyendo a los demás es una manera de darle a los nuestros, la premisa o la instrucción inicial está completamente errada. Dar es por definición un acto de amor, por eso dar no es tan simple, o al menos tan consciente.

Lo que sí parece ser muy real es que cuando damos sin agendas ocultas y lo hacemos desde lo más genuino, asemejándose a cortar una flor de nuestro jardín, el resultado nos acerca mucho más a sentirnos más completos.

Paradójicamente sentirnos más llenos dando y otorgando más de sí. La naturaleza es tan sabia que dar y tener un jardín interior bondadoso es una mancuerna inseparable, porque casi es seguro que quien no sabe dar no es consciente de su bondad interior. Quien da frutos amargos porque su interior está en esas condiciones sólo podrá quitar, pues al estar dando le resta algo de alegría, felicidad, o bienestar a los demás.

Por eso es que dar no es tan simple de definir, pero sí sencillo de hacer cuando queremos en verdad crecer como seres humanos y somos conscientes de que no vinimos sólo porque sí, o porque la vida sea un castigo de pesadumbre. Dar es una condición de nuestra parte más bonita, y cuando damos de corazón es que estamos siendo más verdaderos.

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