¿Preparados para el bien? 

Por Toño Esquinca

Así como preparamos una fiesta o la casa para recibir a nuestros invitados y convertirnos en buenas y buenos anfitriones de quien nos importa, también funciona prepararse para recibir el bien, lo bueno, el bienestar, y todo eso que queremos para nuestra vida. Estar preparados significa tener listo el recipiente en donde aquello que decimos querer encaje y se sostenga.

El viejo proverbio chino "regala un pescado a un ser humano y le darás alimento para un día, enséñale a pescar y le alimentarás para el resto de su vida" encierra la tremenda enseñanza de que de nada sirve dar o recibir aquello que ni siquiera comprendemos, aquello que no nos resuena, o que no estamos buscando internamente si no cultivamos eso que nos hace aprender a reproducirlo, a darlo o a recibirlo miles de veces, y más aún: a mejorarlo.

A veces sucede que más es menos, y cuando obtenemos algo por lo que no realizamos el esfuerzo, se nos esfuma como el humo. El mérito de lograr aquello que deseamos alcanzar no sólo está en valorar lo que cuesta, sino también en lo que se aprende en el camino. El buen sabor de un sueño cumplido, de un proyecto concretado, de un fruto que se cosecha proviene en gran medida del tiempo, trabajo, dedicación, recursos, y ganas que invertimos en el proceso de tenerlo, pero sobre todo, de aquello que fuimos comprendiendo e integrando como aprendizaje y que hizo crecer a nuestra conciencia.

Si realmente queremos el bien en nuestra vida tenemos que crear las condiciones para que este prevalezca, yendo con él, actuando con, por y para el bien, nuestro y el de las y los demás, favoreciendo las acciones, condiciones y situaciones que generan y amplifican el bien, aún teniendo que sacrificar algo de nosotros. Aquella mano con la que nos tomamos de la sociedad tiene que ser la que se deja de usar personalistamente.

Las leyes físicas indican claramente que dos fuerzas opuestas de la misma intensidad se anulan, por lo que es prácticamente imposible querer, clamar, o más peligroso, exigir bienestar cuando lo que estamos construyendo en el ámbito de competencia que nos toque, es lo contrario. Sencillamente las piezas no coincidirán, e incluso pueden crear un choque contraproducente de grandes proporciones.

Quien te quiere, a quien le importas, quien realmente te aprecia, contribuye a que seas un gran ser humano, a formarte, a darte herramientas para enfrentar la vida, a crear tu receptáculo para todas las cosas buenas y que estas te duren, te regalen plenitud y te acerquen más a tu evolución; te enseña a saber por qué, para qué, cuándo y cómo pescar, y no sólo te da lo que no estás dispuesto/a, preparado/a, ni consciente para recibir.

Como decían nuestros abuelos: quien te quiere no te echa a perder ni te malcría dándote lo que no mereces, lo que no te has ganado con los frutos de tu voluntad, porque entonces te está tomando el pelo, te está engañando miserablemente haciéndote creer que eres lo que no eres y lo que aún no has alcanzado. Cada día con cada pequeña acción tenemos la enorme oportunidad de darle la bienvenida a lo que le pedimos al Universo, a la Divinidad o a quien usted crea, y ser consistentes con aquello que queremos.

Cada día aquello que somos con las y los demás, en la casa, en el trabajo, en el entorno, es un directo ritual de invocación de eso que recibiremos en el momento menos pensado. Si lo que decimos en nuestros discursos es verdad, lo que hacemos y la intención detrás de ello no pueden ser cosas distintas. Al final es la cabida que tienen las cosas en nosotros lo que determina si es nuestro momento de tenerlas o no.

Y para prueba basta revisar cuántas cosas como individuos y como colectividad hemos tenido en bien, y las hemos dejado ir convirtiéndose en mal, porque no estábamos ni siquiera cerca de listos para valorar y vivir. ¿Será que ahora sí?

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