24 de diciembre

Por Toño Esquinca

Que esta Navidad sea para todos de un gran poder transformador por medio de la magia de la fe que creamos las personas cuando ponemos la mira en un mismo punto de atención. Que toda esta energía de unión nos conduzca de nuevo a ver y apreciar lo fundamental en nuestra vida humana, y a la comprensión profunda y clara de que al irnos de esta dimensión material, al desencarnar, nos llevaremos únicamente lo que hemos crecido, aprendido, experimentado, experimentado, en resumen, toda la alquimia interior de la que hayamos sido capaces en este trayecto.

Que recordemos el lazo inicial y esencial que compartimos con nuestros seres más allegados, que recordemos cuánto hemos reído, compartido y vivido hombro con hombro, y que ese esplendor de lo que nos une sea mucho más potente que aquello que nos separa. Que reconozcamos en nuestros seres queridos un espejo de nuestro propio destino, y que logremos abrazarlos de nuevo si es que hemos tomado diferentes caminos.

Que crezcamos en la capacidad del perdón, de la reconciliación, de la comprensión, de la esperanza, de la fe, del amor al prójimo como a uno mismo y viceversa, para que realmente honremos las enseñanzas que, independientemente de la religión que cada quien profese, nos dejó el Maestro de Maestros del Amor, y por el cual seguimos reunidos cada 24 de diciembre, encendiendo la llama del corazón que a pesar de cualquier pesar siempre nos levanta ante la adversidad.

Que olvidemos por un instante aquello que nos estrese ante lo sencillo: ante la voz de nuestros viejos, ante la risa de los niños, ante un espectáculo de la naturaleza, ante las buenas y pequeñas acciones de los desconocidos, ante el simple bombeo -aún- de nuestro corazón, ante la llana pero indispensable respiración. Que aprendamos a agradecer aquello que no nos ha sido otorgado, aquello que pensamos que sería lo mejor que nos podría ocurrir, y que su ausencia nos llenó de lo fundamental: salud y vida.

Que recordemos agradecer por lo que se fue, por lo que ha partido, por esos trozos de alma que se llevó, porque gracias a esos espacios hemos podido crecer hacia una nueva espiral evolutiva. Que recordemos siempre que la Navidad no se trata de regalos, ni de comida, ni de gastos ostentosos, ni siquiera de fiestas o jolgorios. La Navidad, el verdadero motivo de querer estar unidos, es sencillamente acompañarnos en lo que va del recorrido.

En respirar por un rato al unísono, como hacen las ballenas cuando se unen en círculo, para sanar, para que juntas en su misma frecuencia emitan un sonido que cure sus heridas. Juntémonos para estar, para sanar, para Ser en libertad, para regalarnos lo más sincero de la presencia de cada uno, para abrazarnos no sólo físicamente, sino en un apapacho colectivo que nos permita retomar el camino como cuando salimos de casa de mamá, o de los abuelos, que tan sólo con un caldo de pollo, un chocolate batido o un trozo de semita de pan, nos regresan a la brega de la vida con un poco más de fuerza y un poco más de sabiduría.

Que esta Navidad seamos menos hacer y más Ser, menos tener y más expresar, menos complicar y más resolver, menos reclamar y más agradecer. Feliz Navidad.

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