Funcionarios públicos están pagando facturas

Por Indira Kempis Martínez

El trabajo gubernamental necesita ser reivindicado. Últimamente, las y los funcionarios públicos están pagando facturas de forma generalizada sobre una aparente ausencia de sus funciones e irresponsabilidades.

Alrededor de las nóminas públicas hay muchos mitos que no nos ayudan a dar certeza y claridad sobre lo que significa tener un empleo que se paga con recursos públicos.

Por eso mismo es difícil abordar el tema de las renuncias de funcionarios de alto nivel. Puede ser por incompetencia, pero también –en esta mezcla extraña de ineficiencia y política– puede ser por roces al interior, algún “desacato” a órdenes, hostigamiento y acoso laboral, entre múltiples motivos.

Lamentablemente, no se puede saber a ciencia cierta, precisamente, porque no hay meritocracia tampoco indicadores que nos muestren factiblemente cuáles son las reales razones de las renuncias. Por eso es casi “normal” que se deje a la imaginación y de pie a la especulación. Sobre todo en los puestos de confianza, en donde se presta a que las tensiones políticas rebasen cualquier resultado.

De ahí que llame mucho la atención que gente que no debería renunciar, lo haga. O también generan curiosidad los nuevos nombramientos, porque tampoco transparenten la información sobre por qué merecen entrar en lugar de los que salen.

Considero que estas situaciones se prestan a mayor incertidumbre sobre las decisiones del gobierno federal, abren el flanco de no saber qué decisiones tomar y, por lo mismo, hay una inestabilidad –esperemos temporal– y procesos truncos que cuestan dinero al erario público. Eso en ninguna administración debería de pasar porque el reto organizacional es cómo regentear talento o hacer que éste se adapte a nuevos cambios.

Pero, en la función pública la mayor parte de los puestos de confianza están sujetos a las voluntades, coyunturas y hasta decisiones personales. Si tuviéramos más procesos de meritocracia, quizá al menos tendríamos confianza de la información que se provee respecto a las renuncias y los despidos. No como ahora que parece tradición para la población suponer que sucede lo peor.

Y, eso, la confianza, es lo que más necesitamos alimentar en el sistema público.

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