Todo lo que pasa cuando pierdes un archivo

Por Eduardo Navarrete

Para ser leído con: “Out of Time”, de Blur

"La vida es una sucesión encontrada de pérdidas"

-George Bernard Shaw

Cualquier cosa es perdediza cuando más se le necesita. Pero si naufragó en el laberinto de tu aparente orden significa que, por lo menos está con vida y que tu orden exige un poco de caos.

Detrás de algún espejo, de una madriguera o escondido abajo del páncreas ha de estar el mundo a donde van las cosas cuando uno las pierde. ¿En realidad uno pierde estas cosas, o ellas nos pierden con un propósito oculto? Recuerda la última vez que perdiste tu celular o tu cartera. ¿Cómo te pusiste? ¿Rogaste a quien se dejara, con tal de que apareciera, haciendo de esto un acto de horoicidad cósmica? ¿O sólo aceptaste la consecuencia de tu descuido?

Los celulares, las llaves y los archivos en la computadora se forman en orden cronológico junto con todos los objetos que por descuido o intuición preventiva dejan tu nido para envolverse en la bandera de la ausencia, probablemente para estar en mejores manos. O neuronas.

Y es que nacemos con 86 mil millones de estas células y perdemos en promedio 2 mi millones durante el tránsito vital. Pero regeneramos muy pocas y prácticamente no nos ocupamos de dar mantenimiento a la estructura cerebral a partir de la neuroplasticidad. Con este cerebro es con el que controlamos hábitos y comportamientos, regulamos nuestros deseos, tomamos decisiones e interpretamos la realidad.

Sin embargo, los olvidos y las pérdidas no pueden ser casualidad. Con un poco de atención (ese baluarte que hizo falta junto con la neuroplasticidad para conservar lo ahora perdido) podrías evitarte la oportunidad de dar otra bienvenida a esta nueva pérdida. Dicha ausencia en sí es una presencia que puede aportar mucho más que un lamento a lo que sea que hayas perdido.

Perder cualquier cosa no es bienvenido pero puede conducir -al menos- a ganar un sentido: el que emerge como resultado de saber que no has perdido nada porque en realidad jamás lo has tenido. La ilusión de satisfacer las carencias del modo más simple y automático (la cultura del atajo) lleva a pensar que cambiando un modelo de lo que sea, fácil y rápido, te hará recuperarlo y poseerlo (¿por cuánto tiempo?).

No es requerida una sabiduría có(s)mica para ver que la colección que tengas, por inofensiva, física o mental que sea, genera ausencias y apegos que conducen a una relación ficticia y tóxica con lo que te rodea. Los políticos quieren más poder, los ricos quieren más dinero, los famosos quieren más fama.

Por eso tal vez, al perder un archivo te puedes reconciliar con él, con la pérdida y con ese instante como el mismo en el que uno deja de perder –además- tiempo y bilis.

Mientras no pierdas el archivo que acumula información acerca de un sano vínculo con la realidad, podrás estar tranquilo, sin así haber comprometido la farmacia de la propia enfermedad.

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