¿Por qué hemos dejado de caminar?

Por Eduardo Navarrete

Para ser leído con: "On The Run", de Pink Floyd

Caminar se ha convertido en un acto primitivo. 

Cada vez hace menos sentido articular las extremidades inferiores para transportar la biomasa propia de un punto A, a uno B.

En un mero acto simbólico, caminar representa obedecer la voz de introspección y hacer algo al respecto. Dicho movimiento, entendido como evolución (o la mera intención para saciar una necesidad) hoy apenas tiene relevancia si es premiado por alguna app. 

Si en un momento de la vida, la familia esperaba el momento en el que uno empezara a caminar, no veo cómo ahora esto funciona a la inversa. Entre menos camine uno, más tiempo tendrá para dar importantes teclados. 

El hombre se ha convertido en peatón funcional que cumple un trayecto mecánico y cotidiano para registrar su entrada, guardar el toper en el refri, acudir en calidad de poste a un par de juntas, salir a comer y regresar a enclaustrarse hasta cumplir con aparente dignidad el horario para el cual le pagan hasta que pueda seguir haciendo esto mientras su vida útil aguante.

Andar, el acto de ir a un lugar, pierde importancia en la medida en la que los lugares ahora vienen a nosotros. Hemos ido y vuelto a la luna, pero de manera mucho más conveniente, logramos aumentar la realidad. Con ello apenas queda espacio para el tiempo y como caminar lleva tiempo, resulta indigno perderlo haciendo una visita a un amigo o simplemente ¡caminar!

¿Para qué hemos de caminar si el súper lo traen a casa? Cuando la pereza es insultante (o sea, en general), la pizza o el envío a domicilio nos salva de quemar un par de kilocalorías. Si necesitas enviar algo, siempre habrá un servicio que lo haga por ti (y por dinero, claro). El hecho es que la sustitución del movimiento, en su calidad de conveniencia nos tiene más detenidos de lo que se sospecha.

Poco a poco nos hemos ido encargando de cambiar lo simple que supone ser la vida por sofisticaciones que iremos revirtiendo. Por ejemplo, es imposible visitar una metrópoli y no ser asediado por oleadas de vehículos. Nos extendemos a los confines de la tercera dimensión sólo para quedar marginados y evitar el olvidado acto de movernos por nuestros propios medios en un entorno que nos importe. 

¿Cómo serán los habitantes de este planeta en el futuro? (¿Tendrán tiempo para hacerse esta pregunta?) ¿Seguirán usando el reloj para ver la hora? ¿En qué consistirán sus pequeños placeres en la vida? ¿Para qué irán a usar las piernas? ¿Y la cabeza?

Caminar es una celebración. Se trata de una representación tangible del ahora. Por ello hace sentido preguntar ¿qué tan significativo es para ti el caminar? ¿Te das cuenta de los músculos que activas al hacerlo y estás presente de ello mientras lo haces? ¿Sabes en dónde se encuentra tu mente mientras caminas?

El punto, creo, es entender el espacio. Comprender cómo cohabitamos sin pretender poseer dicho espacio. Cuando este punto de vista se aprehenda y viva en la conducta diaria, caminaremos como principio consciente de libertad.

Pero en un mundo en el que vemos más tiempo una pantalla que una persona, ¿hay sentido común como para no salir corriendo (o al menos caminando)?

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