¿Es perdonable decir “a donde sea” cuando se trata de salir a comer?

Para ser leída con “Less Than Zero”, de Elvis Costello

Por Eduardo Navarrete

Obsérvalo en sus detalles, como deberías observarlo todo. Un restaurante es un recinto que, visto con la mirada de un recién nacido, es tan raro como desafiante.

Mesas flanqueadas por sillas dispuestas en un área abierta, donde convivirán extraños y conocidos para hacerse de una entrada, una sopa, un plato fuere, el postre, rematar con un digno digestivo, en el menor tiempo posible para regresar a hacer lo que se cree más importante.

Los murales en los restaurantes hacen las veces de tener comida en los museos

-Peter De Vries

Igualmente interesante es ver que el espacio más íntimo de una casa (después del baño y la recámara) se trata de la cocina, y el destino de ésta, el comedor, mismo que abre sus puertas y se hace público para servir comida en producción semimasiva, en un negocio dedicado a restaurar (de ahí el nombre) lo que sea que requieras recuperar.

“Restaurante” como concepto tenía que nacer en el lugar donde se inventó el comer como indulgencia y no como necesidad biológica: Roma. Ahí, hace casi 2 mil años, la jornada de trabajo impedía comer en casa y se montaban mesas en forma de L con huecos donde se servía el alimento para que –de pie- los comensales recuperaran energías para seguir produciendo. Termopolios, les llamaban.

Pero el nombre mutó, al parecer, a partir de que un comerciante francés que servía comida usó el ingenioso dicho “Venid a mí todos los de estómago cansado y yo los restauraré”. Y se hizo viral en la Europa del Siglo XVIII, hasta ahora.

Más tarde, pero en la misma región, Antoine Beauvilliers, Conde la Provença, pensó que abrir un restaurante no tenía sentido sin un código de propósito. Así, y luego de mucho pensarlo, concibe los cuatro elementos indispensables del negocio de la comida: ambiente elegante, servicio amable, cocina superior y bodega selecta.

En México, comer es muchas cosas. Es un momento para saciar el hambre, pero también para mostrar al mundo que se está haciendo una cosa, mientras la cabeza no para. Comer es también palomear un antojo (un taco que se convierten en 5), pero fundamentalmente, es una llamada para reunirse. De hecho, el pretexto es la comida, el plato fuerte se llama sobremesa.

Pero independientemente del comportamiento que tengas cuando estás en la mesa, es esperado que la experiencia sea sustancialmente más cara que comer en casa, por lo que igualmente la expectativa es que seas atendido con esmero (no sé si más), y que la experiencia sea notablemente buena y soporte la cuenta a pagar. Quien hace cuentas, amedrenta: ir a comer es un deleite por naturaleza, sea en una fonda o en un palacio. Hasta en el comer se denota la capacidad de entender un momento como algo realmente significativo.

Por ello, es impensable responder de manera gris y lánguida cuando preguntan “¿A dónde quieres ir a comer?”. Esa pregunta guarda una trampa y es el posible diagnóstico para validar si estás con vida o sólo finges otra cosa. ¿Cómo tomar la carta más floja y débil cuando se trata de agitar la mandíbula, distraer el ánimo y enfocar el gusto?

Para esto, hay una gran paleta de opciones. Los hay de buffet, comida corrida, fondas caseras, de comida rápida, de alta cocina, temáticos, de autor, bistrots, sobre ruedas, a domicilio, para llevar. La diversificación sólo habla de la necesidad envuelta para regalo. Y para evitar una experiencia plana y saber qué es lo que te gusta (por si aún no lo tienes claro), la industria distribuye en estas categorías una posible evaluación: 1. Alimentos, 2. Servicio, 3. Carta/variedad 4. Bebidas 5. Ambiente y decoración 6. Limpieza.

Es muy difícil encontrar un sitio que cumpla estos rubros de manera cabal y objetiva, pero eso no hace falta cuando hay un par de consentidos por la razón que sea.

Así, puedes pendular desde un Broka, Corazón de Maguey, Cluny, Máximo, Nudo Negro, Barrio Sur o Dulce Patria, a un Koku, Daikoku, Kura, Deigo o Suntory, pasando por los Chupacabras, El Paisa, Manolo, Los Güeros, El Vilsito, El Huequito, El Túrix, Los picudos. La celebración es la misma.

Pero ojo, si buscas que la visita sea una memorable, todo parte de la presencia que tengas de ese instante (y la sucesión de los mismos), entendiendo que el acto de masticar, de ningún modo debe ser mecánico, como tampoco puede serlo, la elección del restaurante.

Hasta en el comer y el elegir, fluye la elegancia de la conciencia.

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