¿A qué te estás acostumbrando en este momento?

Por Eduardo Navarrete

Para ser leído con: “Habits”, de Tove Lo
La pobre no tiene tutor ni tutorial.

Tal vez por eso sea contundente en su poder.

Te acostumbras a la comida fría, al necio en público, a la señal intermitente del Territorio Telcel, a escuchar y replicar mentiras, a sobrellevar tu vida. Pero no a no comer ni tampoco a dejar de acostumbrarte a algo.

Hay quien dice que bastan 7, 21 ó 43 días para adoptar un nuevo hábito. Lo grave es que la inmensa mayoría de ellos son inconscientes.

En esas semanas se gesta un comité de acoplamiento de conductas y comportamientos, no necesariamente dirigido ni enfocado. Basta voltear a ver los que traes encima.

La tiranía del impulso es el verdadero incubador en esta cuna de adopción. Mece al recién pensado, con rostro de ternura en tres tiempos: uno para embelezarlo con inconsciencia, otro para dormirlo y uno más para proyectarlo con normalidad por los días venideros bajo el síndrome de adecuación.

O sea, para hacer de cuenta que no hay cuenta, porque al no tener cuenta es a lo que te estás acostumbrando con el simple hecho de acostumbrarte a lo que sea que te estés habituando. ¿La razón? Falta de atención en la vida cotidiana.

Pero sin rima peligrosa ni acento extraterrestre, vale poner el dedo ahí: cuando te acostumbras a no atender con atención los estímulos ordinarios, pierdes cierta cualidad humana.

Piénsalo en términos de un beso. ¿No es triste ver cómo un par de esposos se despiden lanzando un besito por el aire? ¿O qué tal cuando te escriben a modo de “Ahí te ves” un cálido y apreciado “Besos”? Por favor, cuando te hagan esto, responde de inmediato con la pregunta “¿Cuántos?”, como para robustecer la idea de la importancia del envío y la defensa del evento.

Acostumbrarte no puede terminar bien. Sea a los golpes o a los cariños, esta costumbre termina generando facturas poco pagaderas en una sola exhibición.

Para acostumbrarte a algo, lo primero que hay que hacer es rendirle culto a la zona de confort. Permitir que el día rija la sorpresa y que la rutina se transforme en ley. Poner cara de zombie o de güey es mandatorio (es lo mismo, pero una tiene un grado mayor de elaboración). De nada te servirá acostumbrarte a lo que sea si no demuestras tu adicción a la complacencia por ceder tu vida sin intereses (en cualquiera de sus sentidos).

Piensa con frescura. Atiende el momento con totalidad. Date cuenta de que lo estás haciendo. Lo que sea. Y ahora, extiende la acción durante el día.

Si te acostumbras a esto, no tendrás que acostumbrarte a nada más.

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