No hagas pública tu vida privada

Por Yazmín Alessandrini

Con el auge de las redes sociales, prácticamente todo el mundo tenemos al alcance de un click todo lo que hacen nuestros semejantes, desde las celebridades más aclamadas y asediadas, hasta nuestros amigos más cercanos, pasando por nuestras parejas y, obviamente, aquellos que nos son totalmente ajenos y desconocidos.

Sin embargo, repito, gracias a la magia del Facebook, el Twitter, el Instagran, el Telegraph y otras tantas herramientas que le debemos a la magia del Internet, somos muchos los que a diario caemos en la tentación de buscar y encontrar nuestros “15 minutos de fama” posteando prácticamente todo cuanto acontece en nuestra vida diaria para que todos se enteren cuan interesantes y envidiables son nuestras existencias, pasando por alto el enorme peligro que corremos.

Y no exagero, el uso y abuso de las llamadas redes sociales han redefinido la manera con la que nos vinculamos con el mundo entero. A través de ellas buscamos la inclusión, la aceptación y la aceptación.

Por eso, en todo momento compartimos hasta lo más intrascendente de cuanto hacemos: le tomamos foto a nuestra comida, no dejamos de compartir imágenes de nuestros viajes, queremos que todos se enteren de nuestras más recientes conquistas, nos morimos por presumir nuestro nuevo automóvil o que hemos comprado ropa nueva… incluso hay muchísimos imprudentes, hombres y mujeres por igual, que postean el más mínimo de detalle de su relación de pareja, llegando a puntos inconcebibles de hasta grabarse en situaciones íntimas para que todos sean testigos de eso que muchos piensan es parte del amor.

Obviamente, el precio que se paga por acciones tan irreflexivas es alto, muy alto…

Yo sé que muchos piensan que puedo estar exagerando cuando los invito a proteger celosamente su vida privada, que no hay quien se interese por lo que haga en su intimidad una persona desconocida, que eso es para famosos, celebridades, socialités y demás.

Sin embargo, no hay concepción más errónea que ésta, porque no se necesita ser una persona pública o una figura pública para extremar precauciones a la hora de dejar la vida privada en terrenos de lo íntimo.

Porque, repito, al vivir totalmente inmersos en las dinámicas impuestas por las redes sociales, hasta el sujeto más irrelevante del inmerso es candidato a ser víctima de la sobreexposición, el escarnio, la burla, la crítica y la ridiculización a grado tal de que podrían destruir su vida y la de sus seres queridos.

La necesidad por formar parte de grupos sociales siempre ha acompañado al ser humano. Sentirnos excluidos y poco integrados daña nuestra autoestima y la percepción que tenemos de nosotros mismos.

Por eso, hasta el ser humano más equilibrado emocionalmente siempre se verá tentado a caer en las trampas del ego cuando se trata de que sus semejantes le rindan admiración o que simple y llanamente le dediquen unos minutos de su tiempo. Así que, una de las principales razones por las que cometemos el error de ventilar nuestra vida privada (o la de otros) es por la imperiosa necesidad de no quedar aislados del mundo exterior y al que tanto anhelamos pertenecer.

Hay cosas de nuestra vida privada que no pasa nada si las compartimos con el resto del mundo y es perfectamente entendible que así lo hagamos. Pero, por otra parte, hay situaciones y circunstancias de nuestra cotidianeidad que bajo ninguna circunstancia deben llegar a las personas equivocadas, porque estaríamos poniendo bajo un grave riesgo y también poniendo en peligro a las personas que amamos.

Por eso, es muy importante que siempre operemos acompañados del sentido común y alertar permanentemente el “sexto sentido” de la precaución. ¡Cuídense y cuiden a los suyos!

Y no olviden que todos los fines de semana los espero en su programa “Exclusivo Para Hombres”, que se transmite por Telefórmula (por favor chequen su sistema de cable predilecto para verificar la nomenclatura de los canales y horarios de transmisión).

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