Un voto para la Suprema Corte

Por David Olivo

Esta semana, sin saberlo, México llegó a una encrucijada que marcará la historia para bien o para mal. Pues después de la renuncia de Eduardo Medina Mora como ministro de la Suprema Corte de Justicia de Nación (SCJN), se insinuó la posibilidad de borrar los restos del presidencialismo de la vieja guardia o; quizá, fortalecerlos hasta restaurar un régimen que se pensaba en vías de extinción.

La decisión se encuentra ahora en la mesa de Palacio Nacional de donde, próximamente, saldrá la terna que concursará por la silla de Medina Mora en la SCJN. Y con esta decisión podría lograrse, por fin, una división de poderes real, al proponer perfiles adecuados al cargo y no figuras convenientes para el actual régimen.

México necesita un cambio, pero uno de fondo que entierre las prácticas del periodo del partido hegemónico. Un cambio que brinde libertad para actuar a cada uno de los poderes, pues es obvio que la vulnerabilidad del Poder Judicial le impide actuar con independencia al sucumbir sexenio tras sexenio a presiones externas, que quiebran cada vez más su credibilidad.

Es el servilismo, el amiguismo y la sumisión lo que define las acciones de la Suprema Corte y ya no pude seguir así, pues la autonomía debe convertirse en la moneda de cambio para caminar hacia la democracia que tanto buscamos. Y para ello se necesitará renunciar a la tentación de controlarlo todo, dando espacio al México institucional que se lleva construyendo desde finales de la Revolución Mexicana.

Sin duda, al colocar un ministro a modo se aseguraría alejar del gobierno las controversias constitucionales, los amparos y los señalamientos anticonstitucionales, pero ¿es una corte de aduladores lo que necesitamos para avanzar frente a los retos que el mundo nos depara? ¿Es necesario comprar un lugar en la SCJN a personas con un desempeño cuestionable a cambio escuchar lo que se quiere? o ¿no será mejor construir un sistema de contrapesos donde los tres poderes establezcan un equilibrio?

La decisión está en manos del Presidente y en los próximos días su fallo mostrará su verdadero rostro. Uno que opte por la democracia y las instituciones que forman parte del estado, pero que están lejos de sus manos o el de un conquistador que encadenará al Poder Judicial otros cinco años a la espera de nuevas reglas que lo alejen de forma definitiva de la silla presidencial.

Elegir ternas que se definan por su trayectoria y no por su cercanía al poder será la senda que dignificará la Suprema Corte, ganando una batalla no para un partido, sino para una nación que lleva esperando dos siglos para ser verdaderamente ser libre, pues emular el pasado será darnos cuenta que el dinosaurio sigue en la casa.

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