Vivir a pie (y de pie)

Por Eduardo Navarrete

Para ser leída con “Walk on the Wild Side”, de Lou Reed

No puede medir más de un metro y medio.

Pensaría que cada centímetro avanzado es un kilómetro y nada impide que así lo sea. La silueta negra que se dibuja adheida a los zapatos burla ese juego de rol y se dedica a la sombría respuesta en silencio ante el dilema de saber qué es la calle: ¿suelo o el cuerpo?

En medio de tal ocio como para hacerte estas preguntas (comparable sólo con la lectura de estas letras), vale ver la manera en la que fueron formuladas y el método suele ser parte de la respuesta: caminando.

En una ciudad como esta y viendo que son pocos los momentos en los que uno realmente conecta con uno mismo, lo mejor que puedo encontrarle a un automóvil es que no salga de su cochera.

¿Cuántas veces has fantaseado con la imagen de encontrar las calles solas, libres de usuarios y tendidas exclusivamente para que tu paso sea exclusivo?

Tal vez parte de la fascinación por la calle es que no tiene nada de exclusiva. La usan perros y políticos, aunque no se entienda la diferencia. La caminan comerciantes e ingenieros, doctores y vagabundos.

Confieso que he dedicado una cuenta entera en Instagram (@elnavarrete) a documentar lo que me encuentro en la calle (sin que la calle necesariamente se dé cuenta). De ahí he aprendido que el silencio es buen cómplice porque hace elástica la perspectiva siempre que no haya diálogo interior.

Es en esas fotos en la que noto el valor que genera la calle en una persona. Es un territorio sin dueño aparente en el que uno irá de un punto a otro con el rostro y el comportamiento propio, sin proyectar sus fantasías ni expectativas habituales.

En la calle, entre cebras y gusanos blancos y amarillos, los seres sintientes se encargan de remozar el espacio donde el derecho del peatón es doblado, hecho moño y regresado de donde vino. La tierra más evolucionada hoy, la gran urbe, parece no ser más un lugar para caminar. Pero aún así, se encuentra espacio donde no lo hay.

En pocos minutos el horizonte se transforma en una imagen de metabolismo de hojalata con serios problemas digestivos. Líneas colindantes por cualquier resquicio: la moto que no conoce semáforo y que rebasa con milímetros de distancia la camioneta de la señora gigahistérica, hasta el guiño vertical del oficinista que –una vez más- llegará tarde (pero eso sí, ¡qué a gusto le supieron sus diez minutitos extra!).

La inspiración del apocalipsis inducido a diario puede ser estudiado desde la acera. Incluso cuando no haya ciclistas, baches o recursos de este mismo caos que atenten contra el mismo proceso de la observación. Caminar será entonces una excusa para celebrar que no estás preso en la burbuja de lámina, con la tensión muscular a tope y la velocidad en cero.

El golpeteo del zapato es importante. Necesariamente tiene que ser rítmico ya que adereza el andar y habla del vicio de poner atención en lo que haces. Supongo que ahí se esconde otra aplicación del dicho “zapatero a tus zapatos”. Pero no todos encuentran en el compás de las piernas el sabroso ejercicio de reconocer la postura erguida y permitir que el fragmento de realidad entre por toda ventana abierta. Por esto, la oportunidad es gritona. Grosera. Y cae bien, porque de otra forma te estarías perdiendo lo más relevante que la calle pudiera mostrar: tu parado sobre ella.

El ejército de estímulos sensoriales debe ser domesticado como a la fiera misma del discurso interno. Por eso es tan placentera la caminata a solas, entendida como un gimnasio para aguantarse y luego disfrutarse a sí mismo.

Caminar es un viaje y es interno, sobre todo. Es sentir el mundo sobre los zapatos y el espacio sobre el pecho. Es saber mojarse cuando llueve y secarse con un trapito de espontaneidad. 

Caminar por la calle es descubrir que nunca te habías permitido hacerlo como lo puedes hacer y reconciliarte con el oficio de sudar un poco en beneficio de saber que caminas y te das cuenta de ello.

 

** Las declaraciones y opiniones expresadas en los contenidos de la sección Opinión y de todas las columnas y artículos, son de exclusiva responsabilidad de quien las escribe y de quien las firma, y no representan el punto de vista de Publimetro

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