El ego espiritual

Dicen que los niños tienen oídos en el cielo, pues con su alma pura pueden mover una montaña.

Por Toño Esquinca

Si usted se considera una persona que gusta de la espiritualidad, es muy importante que considere algo que, si no se está alerta, se nos puede ir de las manos, y esto es que todos somos materia espiritual. Como ya se ha dicho múltiples veces en muchas escuelas y voces, somos seres espirituales viviendo una experiencia humana, y no al revés.

Esto nos dota de una idea mucho más trascendente que la de sólo el lapso temporal de habitar un cuerpo. Todo lo que hacemos o dejamos de hacer se vuelve abono para el crecimiento de nuestra conciencia y nuestro espíritu. Los caminos llegan al mismo punto, la diferencia radica en el tiempo que tardan en hacerlo.

Aunque no hay panaceas, lo interesante es que, sea cual sea el camino que elijamos para conocer el viaje del espíritu, lo abordemos con la mayor humildad y pureza posibles, porque si no, servirá de poco. Una de las magnánimas lecciones del más grande maestro que vino a enseñarnos la Ley del Amor, Jesús el Cristo, radica en el enorme poder que emerge de lo puro del espíritu y de la infinita humildad ante aquello que creó todo. Imaginemos este enorme poder para crear milagros asociado a la sencillez. Por eso dicen que los niños tienen oídos en el cielo, pues con su alma pura pueden mover una montaña.

Recuerde esto siempre que acumular conocimiento espiritual, obtener diplomas o seguidores, le haga perder la cabeza creyendo que eso es lo más importante. Cuántas personas no se ven por ahí predicando sin ejemplo, hablando de lo que no han experimentado en su propio Ser, o sintiéndose mejores que los demás en un aspecto u otro.

Cuando alguien decide crecer en conciencia, también lleva a aprender a su ego, y entonces el ego se puede volver tan sofisticado y especializado, que logra hacer la finta de un ser espiritual, pero no es nada más que un ego espiritualizado y sumido en la soberbia de que lo sabe casi todo. Sea cual sea la escuela, tradición, religión o creencia espiritual que usted practique, procure llevarla a su mejor nivel, es decir, a esa dimensión en donde todo lo puede lograr porque sabe que Dios obra a través suyo, pero que usted es, en el mejor sentido, sólo una expresión de la Divinidad.

Jamás caiga en el terrible error de que los conocimientos que acumule se camuflen de sabiduría, porque esta sólo se adquiere haciendo camino al andar, y son las experiencias de ese camino las que nos enseñan que, en realidad, no sabemos nada, y que cualquier milagro se obra a través de un corazón puro y generoso.

El ego espiritual es muy fácil de reconocer y se nota a kilómetros de distancia, pues lo más sencillo, lo básico y elemental de la vida, se le escapa por completo. Siempre recuerde que, al final de los finales, las cuentas son con “el de allá arriba”, o con esa biblioteca infinita y viva de la conciencia, en donde se se graban cada uno de nuestros pensamientos, emociones, intenciones, palabras y acciones. Al final, todos los asuntos son sólo entre uno mismo y Dios.

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