Combatir el cansancio

Por Luis Wertman Zaslav

Cualquier corredor sabe que existe un punto en el trayecto en donde el cuerpo y la mente llegan a la conclusión de que es mejor dejarlo por la paz y detenerse. Algunos lo llaman “la pared”, esa frontera imaginaria en la que te rindes para no seguir adelante, porque estás cansado, estás harto y resuelves que no vale la pena seguir más allá.

Así estamos con la pandemia y las imposiciones que nos ha traído para evitar contagiarnos de un virus que seguirá con nosotros, con y sin vacuna. No hay vuelta atrás. Sin embargo, dejarnos ganar por el peso que tiene esta nueva realidad es el peor camino que podemos tomar para salir adelante.

En ese minuto en que los corredores dudan y se dejan abrazar por el cansancio, entra un mecanismo humano, mental, que ataca ese deseo de detener el esfuerzo y entonces hace que se dé el paso siguiente para continuar con la carrera.

Eso es precisamente lo que tendremos que hacer. Ya sé que hay hartazgo, confusión, desconfianza y mucho pesimismo sobre el futuro, pero no se trata de tener “otra actitud”, sino de preservar nuestra salud y la de los demás, de continuar pese a los obstáculos y de resolver la multitud de problemas que nos afectan como personas, como ciudadanos.

Hace unas semanas, en la discusión vecinal de si llegó el momento de permitir reuniones en el edificio, uno de los argumentos era “recuperar la vida” a la que estábamos acostumbrados y que esta cepa de coronavirus, supuestamente, nos arrebató.

Si comparamos los sacrificios que han tenido que llevar a cabo otras generaciones por guerras, epidemias similares, crisis económicas, en ésta tuvimos la fortuna de que el objetivo es todavía detener los contagios por medio de no interactuar ni agruparnos. Es decir, se nos ha pedido que nos mantengamos en casa, si se puede, a sana distancia, y adoptemos hábitos de higiene que ayudan en cualquier caso, haya emergencia sanitaria o no.

Con esto aclaro que no es sencillo para la mayoría de la población, sobre todo en las grandes ciudades del país, porque las viviendas son reducidas, el suministro de agua intermitente y el empleo es inestable. Pero observo que quienes más intención tienen de tirar la toalla son aquellos que contaron con espacio, servicios e ingreso, desde que inició el aislamiento voluntario en marzo.

Tampoco comparo los problemas de antes con los de ahora, aunque sí podemos analizar cuáles han sido los costos que hemos tenido que pagar en el pasado, comparados con los que hoy nos demanda esta nueva realidad.

No regresaremos a lo que vivíamos antes, ni siquiera porque la vacuna esté disponible y funcione adecuadamente en tiempo récord. A los años 20 se les calificaron de “alegres”, porque se pensó que la posibilidad de una nueva guerra mundial era mínima y la primera había quedado muy atrás. Muchas de nuestras abuelas y abuelos nacieron en ese tiempo; la historia señala que los adultos a cargo entonces se equivocaron y cayeron en peores momentos antes de poder vivir con tranquilidad.

Los pesimistas pueden argumentar que siempre se puede estar peor, no obstante, la última decisión está en nuestras manos como sociedad y poco o nada tiene que ver con el ánimo o los deseos.

Salir de esto es una tarea que implica esfuerzo y constancia, no hay espacio para cansarnos, abandonar o hartarnos, mucho menos para descuidarnos, porque cada vida que se ha perdido es una persona que dejó familia, hijas, hijos, mamás, papás, y esas ausencias deben ser nuestro punto de referencia para hacer lo que nos corresponde y contribuir a que esta sea una experiencia que nos ayude y no que nos atrase sin remedio.

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