Perspectivas de la relación bilateral con Estados Unidos

Por Mariana Gómez del Campo

La llegada de Joe Biden como presidente de Estados Unidos el pasado 20 de enero significa un cambio fundamental en la política interna de nuestro vecino del norte.

La nueva administración demócrata cuenta con mayoría en ambas Cámaras del Congreso y las circunstancias presentan un escenario favorable para la implementación de su agenda. Al terminar la administración de Trump surge una oportunidad única para revitalizar los organismos multilaterales y cambiar la naturaleza de la relación bilateral con México.

Al estilo de Lyndon B. Johnson cuyas políticas sociales y periodo presidencial terminaron siendo de mucho mayor impacto que las de su predecesor, John F. Kennedy, así Joe Biden podría convertirse en uno de los presidentes estadounidenses con una mayor influencia en el porvenir, sobrepasando a Barack Obama.

El Estado mexicano debe actuar, estar a la altura de la coyuntura e implementar una política migratoria verdadera. Es inaceptable que el gobierno de la 4T se haya limitado a seguir las instrucciones de Trump, colocando a la Guardia Nacional mexicana en la frontera que, en vez de resolver el problema terminó por tratar a los migrantes de manera arbitraria y cruel.

La cooperación con las políticas migratorias de los últimos dos años, son un doblegamiento del país que en el mejor de los casos son producto de una extorsión y en el peor, de la sumisión absoluta. La política migratoria debe dar un giro humanista en el que se puedan procesar los flujos de personas y dar un trato generoso a todos aquellos que arriesgan su vida recorriendo miles de kilómetros con la esperanza de salir adelante.

En la Casa Blanca existe la voluntad política para la implementación de una reforma migratoria que mejore la situación de millones de mexicanos que se ven obligados a dejar el país en busca de trabajo.

El programa de los “Dreamers” es es una clara intención para el reconocimiento jurídico de todos los migrantes que llegaron a Estados Unidos de niños, permitiéndoles trabajar e incorporarse a la sociedad. Joe Biden no es ajeno a la importancia de México en el contexto de la política internacional de Estados Unidos y su administración pretende regresar y posicionarse entre las naciones del mundo y los sistemas internacionales más poderosos. Dependerá de México aceptar esta buena disposición o hacer lo incorrecto, una vez más, y rechazarla.

El fortalecimiento de la relación bilateral también debe centrarse en términos de seguridad y combate al narcotráfico. En los primeros once meses de 2020 se alcanzó el número inaceptable de “32 mil 759 muertes” en todo el país.

La situación de violencia es insostenible y las políticas de seguridad de la 4T están desgarrando a las familias mexicanas. La cooperación en términos de inteligencia y narcotráfico debe reiniciarse para poder detener el alcance que distintos grupos criminales tienen en el territorio nacional. Claro, para este tipo de intercambio es necesario afrontar la realidad de las circunstancias y no perderse en situaciones demagógicas respecto a la importancia de la “soberanía nacional” o la manipulación de cifras. Requiere afrontar los problemas e implementar políticas que protejan a las personas en los pueblos, vecindades, comunidades y ciudades donde viven.

Por otra parte, existe un compromiso verdadero de implementar una política energética con tecnología del siglo XXI que sirva como base para el futuro. Las economías avanzadas ven claramente la necesidad de una transición y de no hacerlo México terminará, una vez más, relegado y en rezago respecto al resto de los países.

En su primer día como presidente, Joe Biden, ya dio la orden para reintegrar a Estados Unidos en los Acuerdos de París de 2015 donde todos los Estados se comprometen según sus capacidades a limitar la emisión de combustibles fósiles. Únicamente a través de la cooperación multilateral y una agenda global será posible solucionar este problema, que es del interés de todos.

Sin embargo, con los proyectos faraónicos y caprichosos de López como el de Dos Bocas o el Tren Maya, México no sólo no ayuda, sino que contribuye al problema: destruir la selva de la península yucateca y contaminar aún más con la refinería. Por supuesto, esto sin ni siquiera mencionar el derroche económico de ambos, su verdadera inviabilidad y el desperdicio de recursos en Pemex, una empresa quebrada y sin visión a largo plazo.

La relación México-Estados Unidos es mucho más compleja y no está limitada a las decisiones o al estado de ánimo de dos personas. La alternancia de presidente en Estados Unidos definitivamente implica una remodelación de la política exterior desde la Casa Blanca. La situación es única y la oportunidad de cambio es fugaz. Deseo que López Obrador rectifique y deje atrás los entorpecimientos y las obstrucciones que parecieran tener como objetivo una enemistad con Biden y complicar, por ignorancia o deliberadamente, el panorama de México ante el mundo. Al tiempo…

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