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Opinión 16/07/2021

Es tiempo de hurgarlo, por Eduardo Navarrete

Para leer con: “Rey del Glam”, de Loquillo

Los adeptos a pensar que el tiempo es renovable tarde o temprano caemos en cuenta que perderlo tiene al menos un destino asegurado: el arrepentimiento disfrazado con días que duran menos, años que se acortan en semestres o la vida que se fue en un santiamén.

Perder el tiempo se ha institucionalizado, pero ha sido una práctica sagrada desde antes de que se inventara la rueda. ¿Será tan valioso como para seguir perdiéndolo y no haber recapacitado en ello?

Lin Yutang, escritor chino, decía que el saber de la vida consiste en suprimir todo aquello que no es esencial, pero Bertrand Russell, en Elogio a la ociosidad, propone una realidad en la que la jornada laboral dure —cuando mucho— cuatro horas. Así, el cultivo del espíritu como pintar, leer o escribir tendría una oportunidad en la jornada cotidiana de los mecánicamente productivos.

Pero así como hay quien sabe hacer de perder el tiempo una religión, existen los fanáticos de la sobreproductividad, ese clásico posmoderno en el que se engarza un billete a una caña a expensas de la vida.

Con el misterio y la generosidad con la que es donado, igual se rechaza en un ejercicio que habla más de ignorancia que de libertad. El tiempo es una paradoja que ni siquiera hemos tenido oportunidad de acordar. Tal vez por eso en italiano existe una frase que podría apadrinar las cámaras de diputados y senadores: “Il dolce far niente”: goza el placer de hacer nada.

Conocemos desde niños la sombra de la pérdida del tiempo. Esta tensión explica el rendimiento escolar, los goles o canastas encestadas, las clases de pintura, de karate y de oboe, así como la beca obtenida para asegurar una carrera contra el tiempo.

Desconocemos el propósito, no por ello el encanto con el que se alimenta su gozo. La comedia humana suele nutrir el encuentro —no así la pérdida— del tiempo y otorga en circunstancias, las más contradictorias ganas de congelarlo.

Como Russell, habría que hacer las paces con la tesis de que el ser humano es estupendo para congraciarse con su propio espacio. Y como Yutang, deberíamos tener lucidez en la conciencia para saber de qué diablos trata lo esencial.

Mientras eso sucede, sigamos perdiendo el tiempo, pues.

** Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quien las escribe y firma, y no representan el punto de vista de Publimetro.**