Ser madre

Columna Punto y Seguido

Ser madre no es la única forma de ser feliz, pero posiblemente es la mejor. Un hijo brinda la oportunidad de volver a vivir la vida, pero ahora desde un segundo plano, despojándote de la necesidad de ocupar ese papel protagónico que sesga la consciencia, lo que permite mantener cierta distancia de los hechos, siendo más reflexivas, tolerantes, pacientes y agradecidas con la vida.

​Los hijos transforman, no sólo nuestras entrañas, nuestra carne y cuerpo. Después de nacer, su crecimiento sigue gestándose muy dentro de nosotros, abriéndose paso en el interior de nuestra mente y espíritu. Esta germinación de adentro hacia afuera es un proceso que dura toda la vida y, en definitiva, nos convierte en otra persona; una mejor persona. ​Cuando un hijo se instala en nuestro corazón, difícilmente hay algo más importante en qué ocuparse. Todos los instantes a su lado son buenos, y todos, una oportunidad para ayudarles a conformar su personalidad y desarrollar sus talentos. Así como ellos van moldeando sus pensamientos, percepciones y sentimientos a través de los estímulos del mundo que los rodea, así ellos van transfigurando nuestros deseos, metas y propósito de vida.

​Los hijos son un milagro, no sólo por su gestación y nacimiento, que son el mayor milagro de la vida, sino porque son capaces de reeditar nuestro pasado, suavizándolo, matizándolo, enriqueciéndolo.  Esas vocecitas que conjugan nuevos verbos y pronuncian con alegría cada palabra, evocan los momentos en los que nuestros padres nos mostraban el mundo y nos enseñaban a nombrarlo. Y ese arrojo de energía que expelen por los poros e impulsa sus pasos y sus manitas para explorarlo todo, nos da cuenta de los miedos que pudieron haber sentido nuestros padres mientras nosotros mismos descubríamos el universo. Por eso cuando los vemos en peligro, en el ímpetu por ayudarlos, pronunciamos frases interiorizadas que no recordábamos que existían y que, bien sabemos, no nos pertenecen. Son las voces de aquellos que traemos dentro y que de muchas maneras, nos conforman. A través de los hijos reconstruimos las relaciones que quedaron rotas; comprendemos por qué fuimos o no fuimos los preferidos; entendemos los motivos por los que nuestros padres tuvieron que tomar las decisiones que tomaron, y como magia, al trascender en nuestros pequeños, al posponernos para ayudarlos a ellos a florecer, cubrimos las necesidades que nos quedaron pendientes cuándo éramos pequeños.

​Sólo nosotros sabemos cuántas veces vimos el mismo truco de magia o los mismos pasos de baile, y cuántas subimos nuestras manos para saludarlos en las miles de vueltas en que pasaron frente a nosotros agitando su manita, mientras giraban sobre el más hermoso de los corceles, en el carrusel de la plaza. Pero todas esas veces no son nada, comparadas con la cantidad de aquellas en que los chicos nos han abrazado y nos han dicho te amo; ni con las muchas más, en las que nos han cubierto de besos.

​No existe grado académico ni mención de honor; no hay promoción de empleo o aumento de sueldo; ni logro profesional o reto laboral alcanzado; ni relación entre dos seres que pueda hacerte sentir tan bien, tan eficiente, tan especial y maravillosa, como cuando te miran los hijos con admiración porque lograste deshacer el nudo de sus zapatos, o porque les diste permiso para invitar a un amiguito a comer a la casa, o cuando les compraste, en pleno verano, el más grande de los helados. No hay mayor paz en el alma, que cuando ves sus caritas de suficiencia, al sentirse protegidos cuando vas a la escuela a defenderlos, incluso de los maestros, si no son tratados con la dignidad y el respeto que se merecen.
Que tu hijo llegue corriendo a tu cuarto porque tiene necesidad de compartir contigo un logro personal o académico, te hace sentir la persona más importante del mundo. Que se acurruque en tus brazos o se meta bajo tus sábanas cuando le han herido sus sentimientos, hace de ti a la persona más vulnerable y más protectora, sobre la faz de la tierra.

Y de pronto descubres que el vestido más hermoso que te has comprado, es el que le compraste a tu pequeña cuando fue a su primer compromiso vestida de largo; o que el equipo de música más caro fue ese que le regalaste a tu hijo para amenizar sus fiestas. Qué mejor dinero gastado que el que se ha hecho en sus estudios académicos, y qué mejor inversión que el tiempo dedicado a verlos crecer, explicarles el mundo y observar cómo se convierten en personas buenas y humanizadas. Los mejores logros de una madre, sin duda alguna, son aquellos que conquistan sus hijos.

​Los hijos a pesar de las tempestades y los cataclismos, son más importantes que nuestros problemas, nuestra falta de recursos, enfermedades o tristezas. Mientras viven, nunca dejamos de parirlos.

Felicidades a las madres. Las biológicas, las psicológicas y las espirituales. Reciban todas ellas, un fuerte abrazo.