La Joya de la Corona

Quien gane los comicios en el Estado de México este 4 de junio llegará con un enorme capital político a la carrera presidencial de 2018

Por David Olivo

Para nadie es un secreto que la elección clave este 2017 es el Estado de México. Quien gane los comicios en esta entidad el 4 de junio próximo llegará con un enorme capital político a la carrera presidencial de 2018.

Históricamente, la entidad mexiquense se ha convertido en una especie de laboratorio electoral nacional, pues posee el mayor asentamiento poblacional del país y, por tanto, el porcentaje más alto del padrón electoral nacional: casi el 14% del total. Tan sólo en Ecatepec residen 1 millón 191 mil 685 electores.

En consecuencia, el Estado de México es la entidad con más distritos electorales federales, 40 de 300 que existen en todo el país, es decir, 13.3% del total.

Desde la década de 1940, este estado ha sido controlado y dominado por uno de los grupos políticos más poderosos del país, el cual en repetidas ocasiones ha disputado y compartido el poder presidencial.

Casi mítico y negado por la mayoría de sus integrantes, este cacicazgo ha controlado la política local desde entonces y algunos de sus miembros han ocupado importantes secretarías de Estado, como el mismo fundador del grupo, Isidro Fabela, así como Alfredo del Mazo Vélez, Carlos Hank González, Alfredo del Mazo González, Ignacio Pichardo, Emilio Chuayffet y Enrique Peña Nieto, entre otros.

En los intentos por extinguir este cacicazgo, el PAN ha logrado competir de manera importante, pero como en cada elección y en cada resultado, todo depende de la fortaleza interna del partido y de la fortaleza externa de su candidato.

Esta fórmula se logró en 1999 con José Luis Durán Reveles, quien realmente estuvo a punto de ganarle a Arturo Montiel Rojas, pero la maquinaria priista lo alejó por poco más de 150 mil votos.

A pesar de la experiencia de ese año, en las elecciones sucesivas, la de 2005 y 2011, la oposición no repitió la fórmula. El PAN y sus candidatos llegaron divididos y debilitados, lo que allanó el triunfo y permanencia del PRI en el gobierno.

Los ejemplos de cómo se fracasa en una elección los dejaron claramente Rubén Mendoza Ayala, quien el 3 de julio de 2005 obtuvo solamente 936 mil 615 sufragios, el 24.73 por ciento de los votos; y seis años después, el 3 de julio de 2011, Luis Felipe Bravo Mena ganó solamente 598 mil 045 sufragios, apenas el 12.28 por ciento de la elección.

Ambas experiencias, además de decepcionar a la ciudadanía que le apostó al cambio, a la alternancia, dejó al PAN en una encrucijada para los seis años venideros: apostarle a la lucha intestinal, a la lucha interna sin importar minar los esfuerzos y logros de los últimos, o conciliar intereses, negociar y cerrar filas con el candidato más fuerte, con aquel que realmente pueda lograr la alternancia en esta entidad con tufo al viejo PRI.

Apenas ayer, el presidente nacional de Acción Nacional, Ricardo Anaya, habló del proceso de designación en esta entidad, el cual, precisamente para evitar fracturas, se está llevando a cabo con transparencia y con piso parejo para todos los aspirantes.

Aunque una sola candidata figura como la más fuerte y como la única que podría enfrentar a la maquinaria priista y a la aspirante del populismo, será el proceso interno del PAN el que tenga la última palabra, sin imposiciones, sin intereses particulares.

Acción Nacional conoce la relevancia de esta elección y este año está dispuesto a aprender de las malas experiencias. Este año apostará por la unidad, por un aspirante fuerte y por su trabajo en comunidades, en los Congresos, en los gobiernos. Este año apostará todo su capital político por el Estado de México, por la Joya de la Corona de este 2017.

 

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