De cabeza

Talamos árboles, saqueamos las minas, contaminamos el agua, terminamos con especies, hacemos guerras y en fin: nos parecemos a una plaga nociva

De cabeza

¿Se ha puesto a pensar alguna vez que parece que todo opera al revés? Es decir, que funciona en contra de la verdadera esencia de la vida, que es el amor. Y no el amor como el enamoramiento cursi al que le atribuimos casi todas las excitaciones sentimentales, sino al amor como la fuerza que une o cohesiona a todas las formas de vida. La ciencia describe este fenómeno como gravedad, o aquella fuerza que nos pega a la Tierra y que pega los átomos que le dan forma a los cuerpos físicos, por eso se dice que el planeta que habitamos nos ama: porque nos mantiene unidos a él para poder tener esta experiencia de materia.

Imagínese qué tan poderosa es esta fuerza que es la que hace que usted y todos sintamos atracción por alguien o por algo y nos unamos tanto que de ahí surjan familias, grupos o proyectos y realizaciones, así que ¿es o no la base de la vida? Sin esta fuerza probablemente seríamos una forma de algo flotando en el espacio en un estado que ni siquiera se puede imaginar. Pero nuestras creaciones aquí como seres humanos parecen olvidarla, o al menos obviarla. La fuerza inevitablemente nos une, y nosotros tercamente nos queremos separar. Como en una necedad de arrancar, despellejamos el cuerpo de la Tierra: talamos árboles, extraemos petróleo, saqueamos las minas, contaminamos el agua, terminamos con especies, hacemos guerras y en fin: nos parecemos a una plaga nociva. Pero la naturaleza del ser no piensa lo mismo.

Aunque hayamos construido un personaje que sea la representación de lo más malo de lo malo, hasta por amor a lo malo se busca ser así de malo. Así que la fuerza jamás nos abandona, y es por este mismo amor que la vida siempre encuentra el balance de la ecuación y que acomoda todo en equilibrio matemático dándonos amorosos reveses de ajuste. Nadie se enferma por nada, nadie teniendo fortunas pierde todo sólo porque sí, nadie se queda sin poder sobre otros por nada, nadie se vuelve un repudiado por nada, nadie termina en la cárcel por nada, nadie es víctima de nada. Todos somos responsables de lo que sembramos, sin condición. Ir en contra de la fuerza de la vida tiene sus funestos resultados y por absurdo que parezca los elegimos sin cesar. Decimos que deseamos bienestar, paz, salud, dinero, y todas las cosas con las que supuestamente queremos ser beneficiados y hasta vamos a los templos y ceremonias clamando por ser escuchados pero tan sólo ponemos un pie en la calle ya vamos de cabeza haciendo lo contrario. Los amuletos, ceremonias, fetiches y sermones carecen de valor si nuestras acciones, pensamientos y decretos están de cabeza. Es una locura creer que construiremos mejores realidades personales y colectivas si seguimos repitiendo todo lo nefasto.

La coherencia en lo que hacemos es vital para en serio caminar a otros rumbos. Si usted no quiere más ladrones y corruptos ya no hable de ellos, ya no les dedique emociones, y ya no les de fuerza con sus propias acciones. El mundo parece operar de cabeza a lo que los discursos, por donde sea, dicen que pretenden lograr. Es tan absurdo como quejarse de un machucón en el dedo y seguirle dando de martillazos. La única manera de parar es comenzando a observar cuántos de nuestros actos están de cabeza para poder –al menos- tener aceptación ante esto y proponernos dar un paso hacia un escenario distinto. Alimente la fuerza que quiere hacer crecer para no ir de cabeza: hable de lo bueno, actúe con lo bueno, sea protagonista de lo bueno, prepondere lo bueno, simplemente sea bueno. El mundo nos necesita más de lo que creemos, para no estar de cabeza.

 

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