¿Te convertiste en lo que soñabas de niño?

Lamentablemente, la vida nos va empujando hacia caminos muy distintos a los que suponíamos durante nuestra infancia y nuestra adolescencia

¿Te convertiste en lo que soñabas de niño?

¿Quiénes de ustedes aún recuerdan a sus abuelos, a sus padres, a sus hermanos, a sus vecinos, a sus amigos, a todos aquellos con los que convivieron durante su infancia, preguntarles “¿qué quieres ser de grande?”? Estoy segura de que la gran mayoría de ustedes aún mantienen esa interrogante zigzagueando dentro de sus cabezas; sin embargo, también estoy segura de que muchos de ustedes, a modo de reflexión, ocasionalmente también se preguntan “¿Logré convertirme, ya de adulto, en eso que quería llegar a ser de grande cuando era niño?”.

Difícil, ¿verdad?

Y es que, lamentablemente, la vida nos va empujando hacia caminos muy distintos a los que suponíamos durante nuestra infancia y nuestra adolescencia. Las ilusiones, los sueños, las inquietudes, los anhelos, al igual que nosotros mismos, de pronto acabaron transformándose y, de paso, también nos transformaron a nosotros mismos; por lo que de pronto nos toca convivir con personas que de niños querían ser bomberos, pilotos de la Fórmula 1, estrellas de rock, aventureros de safari, rescatadores de especies en peligro de extinción y futbolistas profesionales y ya siendo adultos se convirtieron en abogados, contadores, empresarios, terapeutas y vayan ustedes a saber que otras tantas profesiones, las cuales no sólo sepultaron a aquellos niños entusiastas que eran ustedes, sino que abrieron a paso, irremediablemente, a adultos amargados inconformes con su presente.

Pero, ¿qué es lo que sucede que son muy pocos los que al final logran concretar sus ilusiones infantiles y ya siendo adultos se desempeñan en actividades que los tienen felices, satisfechos, emocionados y exitosos? Muchos aseguran que cuando uno crece hay que dejar de lado las fantasías y hay que ocuparse de la realidad, por lo que siempre será preferible abrazar una carrera o una profesión sumamente remunerativa que dedicarse a alguna actividad que sólo les dejará algunas sonrisas y muchos bolsillos vacíos.

Sin embargo, cuando la decisión de dedicarse a una actividad que genera ganancias económicas choca con la cotidianeidad de los individuos, sobre todo aquellos de espíritu idealista, esta circunstancia indefectiblemente comienza a pavimentarle el terreno a la frustración, al enojo, a la tristeza y a la depresión, porque los seres humanos (principalmente los hombres) cuando llega el momento de realizar ciertos balances muchas personas concluyen que de manera por demás inexplicable le dieron la espalda a sus sueños y acabaron cumpliendo los sueños y las expectativas de otros, principalmente los de los padres. Y cuando este escenario se hace presente, lamentablemente se manifiesta a través de pensamientos negativos que agudizan la depresión referida.

Afortunadamente, cada vez son más los individuos que logran deshacerse de esos grilletes emocionales y poco a poco van estructurando su vida y su cotidianeidad para construirse un panorama lo más parecido a lo que soñaban tener y hacer cuando eran niños. Y sí, seguramente, por ejemplo, a los 40 años difícilmente lograrán ser pilotos de la Fórmula 1 o ser futbolistas profesionales, pero ¿qué tal si se compran un lindo auto deportivo y se van los fines de semana a la carretera para disfrutarlo o si integran un buen equipo de cuarentones (como ellos) y se inscriben a una liga de veteranos para echar la cáscara los jueves por la noche?

¿Terminaste la licenciatura en Derecho porque tu mamá soñaba con ver a su hijo convertido en todo un abogado, como su abuelo? ¡Está bien! No te amargues. Ahora trata de encontrar la manera de estudiar para ser veterinario y curar a todos los animalitos que tanto te gustan? Aquí la cuestión es que consideres que nunca es demasiado tarde para cumplir con tus sueños y que nada es imposible, porque los únicos límites están en tu cabeza.