¿Los hombres no lloran?

Por generaciones nos hemos dedicado a perpetuar y a exacerbar determinados estereotipos para definir que “esto es para ellos” o “esto es para ellas”

¿Los hombres no lloran?

Nacer, crecer y desarrollarse dentro de una sociedad monolítica no es nada sencillo, sobre todo cuando por generaciones nos hemos dedicado a perpetuar y a exacerbar determinados estereotipos cuyo ejercicio siempre tiene como objetivo final que hombres y mujeres vivan en un mundo en el que “esto es para ellos”, “esto es para ellas”, “esto no es para ellos” y “esto no es para ellas”. ¿Les suena familiar?

Uno de los ejemplos más claros de lo anterior lo podemos encontrar cuando, desde la niñez, a los varones se les educa dentro de cartabones de rigidez emocional que les impiden mostrar sus sentimientos abiertamente y manifestarse como seres sensibles. Y sí, por un lado somos las mismas mujeres, cuando desempeñamos el papel de madres, las responsables de educar a un hijo misógino y machista; también, por otra parte, queda totalmente demostrado que desempeñando nuestro rol como padres de familia obligamos en todo momento a que nuestros hijos se porten como hombres y que si algo les provoca dolor o molestia no lo externen o lo manifiesten porque las quejas y las lágrimas son cosa de niñas.

Y así, durante la niñez, posteriormente en la adolescencia y finalmente en la edad adulta los hombres terminan por formarse estructuralmente de una manera totalmente inconcebible porque, de acuerdo a lo que les inculcaron en sus familias y también de acuerdo a lo que dicta la sociedad a la que pertenecen, ellos tienen que ser fuertes en todo momento y bajo ninguna circunstancia deben mostrar debilidad alguna por medio de la tristeza o las lágrimas, lo que en consecuencia provoca que cuando, por ejemplo, sufran alguna desilusión amorosa o enfrentan el fallecimiento de un ser muy cercano y querido, se hundan permanentemente en la depresión y nunca se puedan abrir con nadie (ni con los amigos o con algún terapeuta) para hacer catarsis con todo el cúmulo de dolor con el que están lidiando.

Sin embargo, al igual que las mujeres, los hombres están provistos de glándulas lagrimales, lo que les permite llorar. Entonces, ¿por qué a los varones no les está permitido llorar?, ¿por qué les está vetada la posibilidad de manifestar que están sufriendo por algo o por alguien?, ¿por qué cuando el mundo entero ve a un caballero externar sus sentimientos y sus emociones automáticamente es calificado como alguien débil o pusilánime o carente de hombría?, ¿por qué tienen que hacerlo en silencio o cuando nadie los observa?

Se dice que los hombres reaccionan de manera muy distinta que las mujeres cuando tienen que enfrentar a la desdicha o a la desgracia y que precisamente es debido a todas esas imposiciones sociales con las que cargan desde tiempos inmemoriales que la gran mayoría de ellos están impedidos para manejar de manera adecuada con sus emociones, sobre todo las más extremas.

En alguna ocasión el actor Richard Pryor comentó que “Cuando las mujeres tienen el corazón roto, lloran. Pero cuando a los hombres les rompen el corazón éstos se guardan el dolor como si no estuviera pasando nada y después salen a dar un paseo por ahí para dejarse atropellar por un camión o arrojarse de algún puente”. Triste pero cierto.

Ojalá que, al igual que las mujeres, los hombres pudieran tener ese chip que les permitiera poder compartir con sus amigos más cercanos aquellos pensamientos, sentimientos y situaciones que los agobian y que les causan dolor para, poco a poco, poderse ir despojando de esa pesadísima armadura que les impide vivir con mayor plenitud y sin importarles que alguien pudiera criticarlos si algún día sueltan las lágrimas sentados en la banca de un parque o mientras van caminando por la calle.

Y no olviden que todos jueves a punto de la medianoche y los domingos a la 1:00 de la madrugada los espero en su programa “Exclusivo Para Hombres”, que se transmite por Telefórmula (por favor chequen su sistema de cable preferido para verificar nomenclatura del canal).