La polarización de nuestro México

Un candidato que gana una elección con un reducido margen de votos se traduce en nulas posibilidades para lograr alianzas con la oposición

La polarización de nuestro México

La polarización política del país no es reciente, no se detonó tras los comicios del 4 de junio en Coahuila y el Estado de México. La polarización y división interna data de por lo menos dos décadas.

En la elección de 2006, el PAN ganó la Presidencia de la República por una diferencia de 243 mil 934 votos (0.62%). El fenómeno se volvió a presentar en los comicios del 4 de junio en el Estado de México y Coahuila, donde las diferencias porcentuales entre el primero y segundo lugar fue de menos del 3%.
Además del margen tan reducido con el que se gana alguna elección, el candidato ganador tampoco ha obtenido la suficiente cantidad de votos que le den legitimidad, es decir, gobiernan o gobernarán únicamente con un tercio del apoyo y reconocimiento ciudadano. En las últimas dos contiendas electorales, la representación de voto de aquel que resulta ganador, ha sido de menos del 40%.

Un candidato que gana una elección con un reducido margen de votos se traduce en nulas posibilidades para lograr alianzas con la oposición -ya sea en el Congreso o para alcanzar algún acuerdo nacional- y también se le dificulta la reconciliación nacional, por lo que gobernará en un ambiente externo frágil y negativo.

Esta situación podría repetirse en 2018. Analistas políticos consideran que aquel que ocupe la silla presidencial podría hacerlo con tan sólo el 30% del total de los votos. Algo preocupante y que se debe atender con urgencia.

Dar legitimidad a las elecciones no basta con vigilar la ruta crítica del proceso mismo, sino de fortalecer realmente al candidato que resulte ganador, eliminando la pulverización o fragmentación del voto. Eso sólo se logrará de una manera: con la segunda vuelta electoral.

Una de las ventajas más importantes de una reforma política que nos permita implementar este sistema en el país es que les brinda a los electores una segunda oportunidad para votar por el candidato de su preferencia e, incluso, de cambiar de opinión.

La segunda vuelta electoral alienta también la integración de intereses diversos en torno a una candidatura exitosa en la primera ronda de cara a la segunda, por lo que fomenta la realización de negociaciones entre partidos y candidatos, a fin de llegar a consensos e ir fortaleciendo nuestra democracia.

Este sistema permite a los partidos, y al mismo electorado, reaccionar a los cambios que ocurren entre la primera y segunda ronda de votación.
Mitiga el problema del “voto dividido”, situación común en México, donde dos partidos o candidatos similares se dividen el voto de un electorado común, lo que abre la posibilidad de que triunfe un candidato menos popular. En el país se podría traducir en la pulverización del voto.

Francia se estrenó recientemente con su segunda vuelta. De 11 candidatos, la segunda vuelta fue entre los dos aspirantes punteros. Este sistema garantiza que el nuevo presidente tendrá una representación de 50%+1 del total del electorado.

Así es que las segundas vueltas tienen como fin eliminar a candidatos marginales y poner en evidencia su aprobación real, misma que va mucho más allá de sus fervientes seguidores.

Tras las elecciones cerradísimas del 4 de junio pasado, el líder nacional de Acción Nacional, Ricardo Anaya puso sobre la mesa la urgente necesidad de una segunda vuelta. De hecho, existe una iniciativa panista que propone que el Presidente de la República sea electo con un porcentaje mínimo del 42% de los votos.

En caso contrario se deberá organizar una segunda elección en la que sólo participarán los dos candidatos que hayan obtenido más votos.

En el PRI, a pesar de que su dirigente Enrique Ochoa rechazó la segunda vuelta, el influyente Manlio Fabio Beltrones ha reconocido que “el modelo político de México está agotado, pues hay una fragmentación de tres opciones y una cuarta, que viene emergiendo, que nos está avisando que nos debemos preparar para una nueva gobernabilidad”.

En América Latina, sólo México, Panamá, Paraguay y Honduras no cuentan con la segunda vuelta.

México se merece pasar de un sistema electoral obsoleto y rebasado por la realidad política a un sistema que garantice la gobernabilidad y legitimidad. El PAN, con Ricardo Anaya, ya dio el primer paso. El segundo es responsabilidad del Congreso, pero ese sólo se logrará con la voluntad de las fuerzas políticas, quienes tienen que sobreponer los intereses de la nación a los partidistas y personales.