Si la historia no se repite por lo menos rima…

Algunos dicen que aquel que no conoce su historia está condenado a repetirla, esta frase ha sido atribuida a personajes tan relevantes como Cicerón y Napoleón

Si la historia no se repite por lo menos rima…

Muchas veces se ha hablado sobre la importancia de estudiar los acontecimientos históricos. Algunos dicen que aquel que no conoce su historia está condenado a repetirla; esta frase ha sido atribuida a personajes tan relevantes como Cicerón y Napoleón.

En el mundo corporativo siempre surgen comparaciones entre estilos de dirección y los efectos que tendrán los cambios tecnológicos. La historia reciente nos trae a la mente ejemplos de industrias completas que han sentido efectos disruptivos por la entrada de pequeños gigantes.

Con la llegada de nuevas tecnologías, y generaciones, muchas veces suele recordarse la batalla entre David y Goliat, donde un nuevo participante busca ganar mercado ante un ente establecido con gran participación de mercado y capacidad económica.

Lo cierto es que estos cambios no siempre son resultado de ignorar los cambios o las nuevas tendencias o de dejar de invertir en investigación y desarrollo.

Vale la pena recordar el caso de Kodak, quien a pesar de ser pionero e inventor de la cámara digital, no logró aprovechar esa ventaja y culminó por sucumbir ante la competencia y las nuevas tendencias declarándose en bancarrota en enero de 2012.

No sólo las empresas establecidas han sucumbido, también nuevos participantes no logran dominar en los nuevos modelos de negocio y dejan su lugar a quien venía a tan sólo unos pasos, como el caso de MySpace y Facebook.

Pareciera que una vez que estos cambios suceden “todos lo veíamos venir”—un sesgo cognitivo que disfraza de obvio algo que podía o no suceder—y nos enfocamos en lo mal que hicieron dichas industrias y olvidamos lo revolucionarias que llegaron a ser.

Echando un vistazo a la historia no tan reciente, podemos ver cómo a principios del siglo XX se dio la revolución automotriz, encabezada por grandes emprendedores.

A uno de los más renombrados, Henry Ford, se le atribuye la frase: “si les hubiera preguntado a los clientes que querían probablemente me hubieran respondido caballos más rápidos”.

A recientes fechas la valuación de Tesla logró superar la barrera de los 50 mil millones de dólares, y de igual manera a la de Ford.
Mientras la primera logró superar las 76 mil unidades vendidas, Ford ha producido más de 6.5 millones en los últimos doce meses, unas 88 veces más.

El comparativo que me gustaría poner sobre la mesa es cómo se desempeñaron en sus primeros años y dar justo reconocimiento, si bien 76 mil unidades no suenan a mucho a recientes fechas, hay que recordar que Ford en sus inicios se tardó nueve años en alcanzarlas mientras que Tesla lo ha hecho en seis. Por un lado, destacaría el crecimiento de Ford a principios de siglo pasado, un crecimiento anual compuesto de 53% (1903 a 1912) suena bastante disruptivo y exponencial, considerando además que la industria y consumidores eran incipientes y que tan sólo al año siguiente duplicaría su tamaño a 168 mil unidades.

Ahora en los primeros seis años Tesla pasó de mil 500 a 76 mil unidades con un crecimiento anual compuesto de 92%, mientras la industria lo hizo a un paso de 6.9%.