Salón Los Ángeles: Ocho décadas de venerar el trópico de asfalto.

En el recinto, las luces a media intensidad contrastan con el humor a perfume removido por el candor de las parejas

Por Ibero

Por: Jano Vargas

Mientras el crepúsculo termina por cubrirse de oscuridad y la contaminación lumínica comienza a dominar el cielo, la fauna nocturna, como siempre, se abalanza al ritual de buscar un espacio afín a sus vicios. Esta noche de sábado es especial. El barrio bravo, por ahí por Tlatelolco, nos espera para celebrar las ocho décadas del Salón Los Ángeles.

Con la bonanza de la radio llegaron los ritmos afro antillanos y el imaginario se infectó con la ansiedad de aflojar la cadera. Como contaba Chava Flores, cronista cantor de la ciudad, desde una esquina “Los pobres estaban divididos en dos clases: miserables y muertos de hambre, yo pertenecía a las dos, pero aun así éramos bien felizotes”. Todavía hay mucha chamba aunque ya muchos vienen de tenis y hay mucho turista, no sé cómo los dejan entrar, nos dice Ángel, bolero que hace rechinar la franela contra los bicolores de un cascado catrín que llegó a pie al mítico negocio de la familia Nieto. Las señoritas venían bien emperifolladas y uno no podía desmerecer, yo vengo en pesero pero la raya, (apunta a su pantalón) perfecta, eso ya no lo procuran los chavos, nos comparte el catrín mientras le paga a Ángel la faena.

Las luces a media intensidad contrastan con el humor a perfume removido por el candor de las parejas. Por aquellas mesas están los potentados y las celebridades, en la pista todos se congregan al son de las orquestas y los grandes intérpretes clásicos, cuyas fotos adornan el recinto. Los tiempos han cambiado, las nuevas generaciones optaron por la rebeldía anglosajona del rock y los compases del trópico fueron relegados a ser asociadas con la marginación. Hace algunos años se nos vacío la pista, nuestros viejitos pasan a mejor vida y los salones desaparecieron, pero ahora ha venido más gente, ya no existe la elegancia de antes, pero con que no se deje el baile… además, las nuevas generaciones bailan sin delicadeza, así regaña a nuestros pasos Linda, una otoñal parroquiana asidua a la fe de sus tacones.

Sin más afán que bailar y divertirse, sin ser más ni menos, haciéndole un profundo homenaje a toda la viruta que al piso le han sacado los sabios del trópico de asfalto, esta noche es una calca de todas las demás bajo el techo de la ciudad, porque las Nereidas están en nuestros genes y "Quien no conoce el Salón Los Ángeles, no conoce México".

Contenido Patrocinado
Loading...
Revisa el siguiente artículo