Tenemos fe

El poder de la fe es tan importante como si fuera un sentido físico, o sea que para poder caminar en esta realidad la fe se vuelve un órgano más, una herramienta de manifestación fundamental

Tenemos fe

México, más allá de una delimitación geográfica, es una sinergia profundamente viva y dinámica formada por un territorio sagrado, por una mezcla de razas, ya definida por José Vasconcelos, que se fusionan en una raza cósmica de donde devienen manifestaciones artísticas y culturales de una enorme sabiduría, prácticamente como espejos de la máxima universal “como es arriba es abajo”, y sobre todo, una enorme, pero tremendamente grande fe. El poder de la fe es tan importante como si fuera un sentido físico, o sea que para poder caminar en esta realidad la fe se vuelve un órgano más, una herramienta de manifestación fundamental.

Por eso el Maestro más grande que pisó la Tierra dijo: hombres de poca fe, refiriéndose a que, o al menos así lo comprendo, sin la conciencia del poder de la fe no hay pegamento para que lo que queremos ver manifestado tenga cómo plasmarse. Somos un pueblo cuya fe ha movido montañas, créame, aunque no nos hayamos dado cuenta o no supiéramos bien a bien en qué momento se movieron, pero lo que sí es seguro es que nuestro noble país se ha sostenido a través de los siglos como un territorio mágico, abundante y sacro, por la imponente fuerza de la fe de su gente. La fe no se refiere a fantasías ni irrealidades sin ton ni son, por el contrario, la fe es como la lanza que se afila para romper la malla entre lo imposible y lo posible. Sin fe no podemos cruzar ese puente, y crearemos siempre en contra del principio de Einstein, es decir, desde el mismo nivel de donde está aquello que queremos cambiar. La fe es el escalón que nos sitúa justo en ese punto desde donde podemos transformar las cosas que nos disgustan o que ya no aportan nada a nuestra evolución individual y colectiva.

La fe es la llave mágica en donde los sueños comienzan, y sin ella no hay punto de partida. Por más escéptica que sea una mente, en el fondo del ser siempre existe la fe, pues es connatural a la creación humana; reconocerla o no, ya es otro cantar, pero lo cierto es que sin fe no hay fuego que comience a encender la maquinaria. La fe es la madre de la confianza, porque para dar cualquier paso primero tuvimos fe en que lo haríamos, en que caminaríamos, en que llegaríamos, y aunque la confianza se vea fracturada, siempre, en el más hondo de los rincones, queda la fe. Sabernos gente de fe nos regala dos posibilidades: la mejor es que hemos atravesado adversidades y funcionamos a veces de formas inexplicables siempre llevados por la grandiosidad de nuestra fe, pero también, tenemos tanto poder de fe, que si le ponemos fe a aquello que no es tan positivo o benigno, lo vemos hacerse una realidad.

No me crea nada, compruébelo por usted misma/o: tenga fe, o sea, tenga la absoluta seguridad de que durante la próxima semana le vendrán respuestas a sus dudas más apremiantes, de que recibirá una buena noticia, o sencillamente de que vivirá un momento de dicha, y verá lo que sucede. Así, imagínese la fuerza de millones de personas, unos más otros menos, pero que comparten el mismo poder de fe. La pregunta como siempre es ¿qué queremos crear? ¿A qué elegimos darle el oro molido del combustible de nuestra fe? ¿Qué o quién se merece ese premio? ¿A dónde queremos que nos lleve el poder de nuestra fe?