Las últimas veces

Nunca dé nada por hecho ni asuma que siempre estará ahí, mucho menos tratándose de la gente que más quiere, y tampoco de las cosas, de las circunstancias o los hechos que están sirviéndole en su realidad

Las últimas veces

Nunca dé nada por hecho ni asuma que siempre estará ahí, mucho menos tratándose de la gente que más quiere, y tampoco de las cosas, de las circunstancias o los hechos que están sirviéndole en su realidad. La verdad más cruda o más clara, como lo quiera ver, es que todo está pendiendo de un hilo, y que no sabemos en qué momento las cosas pueden dar un giro inesperado que nos coloque en un escenario completamente distinto. El cambio es la única constante de la existencia, por tanto, es más probable que lo seguro se transforme de un momento a otro, a que permanezca como está.

Esta idea no es para ponernos ansiosos sobre lo que depara el futuro, sino todo lo contrario, es para abrirnos por completo a la experiencia del momento presente sin dejar escapar ni un solo detalle y poder sacar el máximo provecho de vivir. Cuántas cosas postergamos, y cuántos significados dejamos ir por estar embebidos en otros asuntos que ni son nuestros, y no se diga hoy por hoy, con la enorme distracción de las redes sociales. Cuando perdemos a alguien o a algo muy preciado es que sentimos una sacudida que nos despierta de súbito a este momento para hacernos conscientes de lo que tenemos y de aquello que hemos perdido. De vez en cuando es sano practicar el ejercicio de imaginarnos sin las personas o los escenarios de los que gozamos, incluso de los que tanto nos quejamos, para tomar una probadita de lo que eso sería. Tal vez descubramos que hay cosas y personas que, en efecto, queremos o tenemos que dejar ir para nuestro mayor bien y el de ellas o ellos; pero con toda seguridad vislumbraremos el enorme cofre de tesoros con el que somos privilegiados/as y que normalmente pasamos inadvertido o tomamos por sentado.

Los bienes materiales, las posiciones sociales, los títulos y en general el mundo físico, son el medio o el tablero del juego para aprender en todo sentido de la increíblemente rica experiencia humana, pero no así el fin. Confundir el fin con el medio nos hace perder el rumbo, pues persiguiendo la zanahoria se nos van todos los instantes que construyen momento a momento eso que llamamos toda una vida. Por eso la próxima vez que se vea agobiado/a, atormentado/a, exageradamente preocupado/a, alejado del piso, sintiéndose eterno/a, fastidiado/a y aburrido/a, utilice el poder de su imaginación y véase en cualesquiera otras representaciones, incluso toque los extremos a los que más teme, y verá como al regresar a lo que verdaderamente es, aquí y ahora, se sentirá mucho más ubicado/a. Valore, disfrute, respire hondo, sonría, aligérese, alíviese a sí mismo de tanto peso, ríase más, siéntase un buen ser y desde ahí confíe en la existencia; conozca más a los que quiere, regáleles una buena conversación, escúchelos y atrévase a saber de verdad con quién vive o convive, acéptelos, gócelos, béselos, dígales cuánto los aquilata, exalte sus virtudes, siempre despídase con algo que les dibuje a ambos una sonrisa, hermánese, siéntase uno/a con todo lo demás, y así, aprécielo, abrácelo y experiméntelo. Y por favor, nunca jamás, dé nada por asegurado, porque aunque suene tan choteado, nunca sabemos cuándo será la última vez.