¡No controles!

Las relaciones de pareja (los noviazgos y los matrimonios) son sumamente complejas tanto para los hombres como para las mujeres, sobre todo cuando uno de los dos (o incluso los dos) entiende este vínculo como una especie de adquisición de una posesión material y quiere controlarlo prácticamente todo

¡No controles!

No podemos tapar el sol con un dedo. Las relaciones de pareja (los noviazgos y los matrimonios) son sumamente complejas tanto para los hombres como para las mujeres, sobre todo cuando uno de los dos (o incluso los dos) entiende este vínculo como una especie de adquisición de una posesión material y quiere controlarlo prácticamente todo, tanto al interior de la relación como de la vida de su novi@ o espos@; un amor tan controlador, tan sofocante, tan dominante que a final de cuentas termina siendo cualquier cosa… menos amor.

Controlar a la pareja es visto por las sociedades actuales como una especie de violencia de género. Esa obsesión de alguien enamorado por querer saber y hacer todo con su pareja no está nada bien, aunque existan estudios sociales que arrojan que entre las parejas jóvenes una de cada tres considera que es una actitud “completamente normal” controlar y vigilar los movimientos de la pareja.
Grave, ¿no creen?

Así las cosas, si lo reflexionamos un poco más a profundidad, controlar a la pareja es ejercer cierto de tipo de violencia, pues si desde el principio no logramos relacionar dos conceptos tan elementales como lo son el amor y la libertad, es muy probable que en el futuro inmediato se asomen otras problemáticas que en lo individual viene arrastrando aquel que ejerce el control, porque éste es sinónimo de inseguridad, de celos, de agresión…

En nuestra sociedad es muy común ver que los hombres controlen a las mujeres: A dónde van, qué hacen, cómo se visten, con quién conviven, sus dinámicas laborales; sin embargo, por lo que no debemos sentirnos sorprendidos, también las damas tienden a ser sumamente controladoras. Y este control se traslada a situaciones sumamente delicadas, porque muchas veces vamos a ver que el individuo controlado prácticamente no tiene derecho a pensar y mucho menos a opinar, sólo puede callar, asentir y ejecutar lo que su pareja le dice y esto es sumamente preocupante, porque esta clase de abuso puede ser detonante de conductas muchísimo muy violentas apenas aquel que está siendo dominado decida ya no querer continuar siéndolo.

Por lo anterior, bien valdría la pena preguntarnos si en una relación donde predomina el sentimiento de propiedad está fundamentada en el amor verdadero y, al mismo tiempo, también deberíamos cuestionarnos qué tan factible y sano debe ser negociar ciertos límites y códigos de respeto para evitar episodios negativos derivados de los celos y el control porque, a final de cuentas, en una relación de pareja cada quien debe aportar su poder de decisión y, al mismo tiempo, tener voz y voto en todas y cada una de las decisiones que se deban tomar para el buen curso de esta relación.

Podemos evitar las sinergias negativas derivadas del control si logramos controlar y manejar, en una primera instancia nuestros celos, los cuales son siempre perjudiciales para los dos integrantes de una pareja: Uno, porque siente que su libertad está siendo limitada y que para todo tiene que andarse con cuidado; y el otro, el controlador, porque se obsesiona y el resultado de esta acción impacta directamente en un amor que irremediablemente se encaminada a la destrucción porque contamina tanto el entorno que ya ninguno de los dos está disfrutando de la relación.

¡Pónganse las pilas!

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