El Mundial 2026 será el más grande de la historia, pero también puede convertirse en uno de los más contaminantes, no por lo que ocurra dentro de los estadios, sino por la enorme cantidad de vuelos, traslados, basura, consumo de gas y presión urbana que moverán a millones de aficionados entre México, Estados Unidos y Canadá, reporta el portal Metro World News.
Se trata de una fiesta deportiva sin precedente en tres países sede, 16 ciudades anfitrionas, 48 selecciones y 104 partidos, lo que obliga a cuestionar qué implica mover a millones de personas a través de México, Estados Unidos y Canadá durante más de un mes de competencia.
En términos ambientales, el punto más delicado no está en las luces de los estadios, en el pasto de las canchas o en la basura visible después de cada partido, sino que el mayor foco de contaminación apunta hacia un enemigo menos evidente para el aficionado: los vuelos.
De acuerdo con estimaciones de Nat5, esta Copa del Mundo podría dejar una huella de carbono de entre 10 y 15 millones de toneladas métricas de dióxido de carbono y gases de efecto invernadero.
Ese impacto se compara con las emisiones de una gran ciudad durante todo un año, una dimensión que obliga a mirar el torneo más allá de la derrama económica y del espectáculo deportivo.
A diferencia de otras justas mundialistas, esta de 2026 no se concentrará en una región compacta, sino que se jugará en una enorme extensión territorial que conectará ciudades como Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey con sedes de Estados Unidos y Canadá. En ese mapa, el avión se convierte en el gran protagonista ambiental.
Costo climático del Mundial
El futbol suele vender sus grandes torneos como encuentros de unidad global, pero ese mismo modelo globalizado tiene un costo climático creciente: equipos, cuerpos técnicos, patrocinadores, medios de comunicación y aficionados cruzando fronteras, cambiando de ciudad y tomando vuelos de corta, media y larga distancia para seguir partidos.
Nat5 advierte que, con 104 encuentros en 16 ciudades de tres países, el Mundial 2026 será el más complejo desde el punto de vista logístico y ambiental, la dispersión geográfica multiplicará los traslados aéreos, considerados la principal fuente de emisiones del torneo.
Por ello, la discusión ambiental no debe centrarse sólo en si un estadio recicla vasos o usa menos plástico, sino en si el modelo completo de organización deportiva sigue siendo viable en plena crisis climática.
Transporte, basura y gas
Aunque los vuelos concentran el foco más importante, el impacto ambiental del Mundial no termina cuando el avión aterriza, sino que cada ciudad sede recibirá una presión adicional sobre su transporte público, vialidades, servicios de limpieza, agua, energía, seguridad, hoteles, restaurantes y espacios públicos.
En México, las sedes de Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey enfrentarán el reto particular de mover grandes concentraciones de aficionados sin saturar más la movilidad urbana ni disparar el uso de autos particulares, taxis, transporte por aplicación y autobuses de apoyo.
Cada ciudad tiene sus retos, pero el problema de fondo es el mismo: cómo trasladar multitudes sin convertir cada partido en un pico de emisiones.
Pero la contaminación del Mundial no debe medirse sólo en toneladas de CO2, sino también en impactos cotidianos que sí verá la gente: basura en calles, vasos y botellas de un solo uso, residuos de comida, empaques, textiles promocionales, mercancía desechable, consumo de gas en cocinas y servicios temporales, mayor demanda eléctrica en hoteles, pantallas, zonas de aficionados y operaciones de seguridad.
¿Y la sostenibilidad?
Guillermo Hinojos Mendoza, CEO de Nat5 y doctor en Cambio Climático por la École des Mines de Paris, plantea que los grandes eventos ya no pueden conformarse con compensar daños, la discusión, afirma, debe moverse hacia un modelo regenerativo.
Su planteamiento va más allá de sembrar árboles para equilibrar emisiones, Nat5 propone el concepto de Ticket Regenerativo y el NAT5 Engine, una tecnología que busca convertir entradas, eventos y actividades colectivas en oportunidades para regenerar ecosistemas, restaurar biodiversidad, infiltrar agua, recuperar suelos y reducir emisiones.
“No se trata solamente de compensar daños. Se trata de crear un nuevo modelo económico donde el entretenimiento, el deporte, la cultura y los grandes encuentros humanos se conviertan en motores de restauración ecológica y legado positivo”, sostuvo Hinojos Mendoza.
Para México, el Mundial representa una oportunidad económica, turística y cultural enorme, pero también representa un reto mayúsculo para las tres ciudades sede.
A partir del flujo de viajeros la duda será cuántos residuos se generaron, cuántos se reciclaron, cuántos viajes se hicieron en transporte público, cuántas emisiones se evitaron, qué se hizo con los materiales promocionales y qué beneficios ambientales quedaron en las comunidades.
Por ello, el legado ambiental se medirá en infraestructura útil, movilidad más eficiente, reducción de residuos, transparencia de datos y proyectos que sigan funcionando cuando se apague la última pantalla del torneo.
Hinojos Mendoza urge a un cambio de paradigma: “El verdadero éxito de los eventos del futuro no se medirá únicamente por la cantidad de asistentes o por la derrama económica, sino por la capacidad de dejar a la naturaleza y a las comunidades mejor de como las encontramos”.
El Mundial 2026 puede ganar en audiencia, negocio y emoción, pero si no reduce, mide y transparenta su impacto, también puede quedar marcado como el torneo que puso al futbol frente a su propia huella ambiental.
“Es inevitable que tomemos conciencia de que todas las actividades humanas, y particularmente los grandes eventos masivos, tienen una huella sobre el planeta, el clima y la biodiversidad. La pregunta ya no es si generamos impacto, sino qué tipo de impacto queremos dejar: uno negativo o uno regenerativo”
— Guillermo Hinojos Mendoza, CEO de Nat5
Cambio climático afecta al futbol
Con los múltiples viajes, el futbol contribuye a la crisis climática, pero también empieza a sufrir sus consecuencias, ya que olas de calor, tormentas intensas, sequías, inundaciones y mala calidad del aire pueden afectar entrenamientos, partidos, aficiones e infraestructura.
Nat5 identifica una triple vulnerabilidad para el deporte.
- La primera es física: jugadores y aficionados expuestos a temperaturas cada vez más altas.
- La segunda es económica: estadios, transporte y cadenas de suministro dependientes de petróleo, gas y electricidad más cara.
- La tercera es reputacional: un sector que puede perder legitimidad si otros ámbitos —movilidad, energía, alimentación, turismo— avanzan más rápido en su transición ambiental.
En otras palabras, la fiesta deportiva puede ser histórica, pero su legitimidad dependerá de si logra que un megaevento global crezca sin aumentar de forma proporcional su daño ambiental.
