Porque el sonidero no es solo música ni fiesta: es historia viva del barrio. Desde la tribuna del Congreso capitalino, la diputada Diana Sánchez Barrios puso sobre la mesa algo más grande que una fecha conmemorativa: el reconocimiento institucional de una identidad colectiva que nació en las calles y se hizo cultura desde abajo.
“Cuando hablamos de cultura sonidera, hablamos de territorio, hablamos de barrio, hablamos de una comunidad organizada alrededor del sonido, del baile y del saludo al micrófono”, expresó al presentar el proyecto de decreto para declarar el 16 de noviembre como el Día del Sonidero en la Ciudad de México.
El sonidero: cultura popular que se hizo sin permiso
Durante su intervención, Sánchez Barrios recordó que la cultura sonidera ha sido, por más de 60 años, un mecanismo de construcción de identidad barrial. En contextos donde los circuitos culturales formales estuvieron cerrados para los sectores populares, los sonideros crearon su propio camino: autónomo, comunitario y profundamente popular.
Eso, dijo, es democratización cultural. Y hoy, esa democratización encuentra respaldo en políticas públicas que buscan reconocer y dignificar las expresiones que nacen del pueblo, en sintonía con los principios de la Cuarta Transformación.

De la esquina al encuentro: el espacio público como identidad
El sonidero es apropiación del espacio público con sentido comunitario. La calle deja de ser tránsito y se convierte en punto de encuentro; la esquina deja el anonimato y se vuelve identidad. El sonido deja de ser “ruido” para transformarse en memoria colectiva.
En barrios como Tepito, La Lagunilla, Peñón de los Baños, San Juan de Aragón, Agrícola Oriental, San Miguel Teotongo, Lomas Estrella, entre muchos otros, el baile sonidero no es entretenimiento superficial: es transmisión intergeneracional, es pertenencia, es barrio.
Los famosos “saludos” al micrófono no son improvisación: son rituales de reconocimiento. Nombrar al barrio, a la familia o a la pareja es afirmar existencia. En contextos de exclusión, ese reconocimiento público tiene un peso profundamente político.
Más inclusión que muchas instituciones
La diputada también subrayó que el movimiento sonidero es un espacio históricamente incluyente. En él participan mujeres, juventudes, personas LGBTTTIQ+, migrantes y comunidades indígenas urbanas.
Para muchas mujeres sonideras y comerciantes, el sonidero ha sido un espacio de autonomía económica. Para muchas personas de la diversidad sexual, una pista de baile segura cuando otros espacios les han cerrado la puerta. “La pista de baile ha sido, muchas veces, más incluyente que muchas instituciones”, remarcó.

Economía popular que mueve al barrio
Además de cultura, el sonidero es economía popular organizada. Genera empleo y circulación económica local: sonido, técnica, logística, comercio ambulante y producción cultural forman parte de un ecosistema barrial que sostiene a miles de familias.
Criminalizar o invisibilizar al sonidero no lo elimina; solo profundiza la exclusión simbólica y social. Por eso, afirmó, reconocer el Día del Sonidero es un acto de justicia cultural.
El barrio también construye ciudad
Instituir el 16 de noviembre como Día del Sonidero es reconocer que la identidad de la Ciudad de México no se construye únicamente desde grandes recintos o escenarios oficiales, sino desde el barrio, desde la calle y desde la cultura popular organizada.
