El gobierno de los Estados Unidos formalizó un cambio drástico en su estrategia de seguridad hacia el continente americano. Mediante declaraciones recientes de altos asesores y representantes del Comando Sur, la administración estadounidense estableció una comparación directa entre los cárteles del narcotráfico en Latinoamérica y organizaciones terroristas globales como ISIS y Al-Qaeda.
Esta nueva clasificación busca facultar el uso de capacidades militares avanzadas para desarticular a estas redes criminales, bajo el argumento de que representan una amenaza existencial para la estabilidad regional.
Durante una reunión estratégica en la sede del Comando Sur, en Miami, funcionarios de defensa advirtieron que los grupos dedicados al tráfico de estupefacientes ya no serán tratados simplemente como organizaciones delictivas convencionales.
La narrativa oficial sostiene que estas agrupaciones utilizan tácticas de terror, control territorial y armamento de guerra, lo cual justifica una respuesta equivalente a la empleada contra extremistas en Medio Oriente.
Expertos en seguridad señalan que este enfoque abre la puerta a operaciones transnacionales más agresivas y a una mayor presión sobre los gobiernos locales para aceptar intervención directa.
Un punto crítico en este nuevo panorama fue la ausencia de Colombia en la mencionada cumbre de seguridad. El país sudamericano, históricamente el principal aliado de Washington en la lucha contra las drogas, optó por no asistir al encuentro, marcando una distancia evidente respecto a la política de “mano dura” impulsada por la actual administración de Donald Trump.
Esta falta de consenso complica la ejecución de una estrategia unificada, especialmente en momentos donde Estados Unidos ya designó formalmente a grupos como el Clan del Golfo bajo la etiqueta de organizaciones terroristas.
La propuesta de tratar a los cárteles como entidades terroristas implica, según asesores de la Casa Blanca, que el poder militar debe ser el eje central para derrotarlos. Este cambio de doctrina sugiere que la cooperación judicial y el intercambio de inteligencia pasarán a un segundo plano frente a la posibilidad de ataques focalizados y el despliegue de tecnología bélica en zonas de conflicto.
El objetivo declarado es asfixiar las finanzas de estas redes y frenar la expansión del mercado global del narcotráfico mediante el uso de la fuerza.
Mientras Washington insiste en que la medida es necesaria para proteger su seguridad nacional, diversos sectores advierten sobre las consecuencias de militarizar aún más la lucha contra el crimen organizado en la región.
