La figura de Sor Juana Inés de la Cruz volvió al centro del debate público, esta vez no por su obra, sino por su rostro. La polémica se desató tras la presentación de un cartel del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (INBAL) con motivo del Día Internacional de la Poesía, cuya imagen —presuntamente generada con inteligencia artificial— fue señalada por presentar rasgos “80% masculinos”, según cuestionó una reportera durante la conferencia matutina presidencial.
El señalamiento provocó la reacción de la presidenta, quien subrayó un hecho histórico clave: no existen retratos confirmados de Sor Juana realizados durante su vida. Es decir, toda imagen que hoy se conoce de la llamada “Décima Musa” es, en mayor o menor medida, una interpretación.

A diferencia de otras figuras históricas, Sor Juana —quien vivió en el siglo XVII en el Virreinato de la Nueva España— no dejó un registro visual directo que permita conocer con certeza su apariencia.
Las representaciones más difundidas provienen de pinturas realizadas décadas después de su muerte, muchas de ellas basadas en descripciones, idealizaciones o convenciones artísticas de la época. Entre las más conocidas destacan las atribuidas a Miguel Cabrera, quien nunca conoció a la escritora, pero cuya obra terminó definiendo la iconografía “oficial” de Sor Juana.
Estas imágenes responden más a una construcción simbólica que a un retrato documental: la monja erudita, rodeada de libros, con semblante sereno y rasgos estilizados que buscaban transmitir inteligencia y virtud, más que fidelidad física.
El uso de inteligencia artificial en el cartel del INBA reavivó una discusión contemporánea: ¿hasta qué punto es válido reinterpretar a figuras históricas cuando no existe una imagen original?

La crítica de la reportera —centrada en la supuesta masculinización de los rasgos— abre un ángulo adicional sobre los sesgos en los sistemas de IA, entrenados con bases de datos que pueden distorsionar proporciones faciales o reproducir estereotipos.
Sin embargo, el debate también expone una paradoja: si nunca existió un retrato fidedigno, toda representación —ya sea pictórica o digital— es, en esencia, una construcción cultural de su tiempo.
Para historiadores del arte, el caso no es excepcional. Muchas figuras del periodo novohispano carecen de registros visuales verificables, lo que ha obligado a generaciones posteriores a “imaginar” sus rostros.
En el caso de Sor Juana, su imagen ha sido reinterpretada constantemente: desde los óleos coloniales hasta ilustraciones modernas, billetes, esculturas y ahora recreaciones digitales. Cada versión refleja tanto la época que la produce como la figura que busca representar.
Más allá de la retirada del cartel, el episodio evidencia cómo la tecnología está reconfigurando la relación entre historia, identidad y representación.

Tres datos sobre sor Juana Inés de la Cruz
Fue una autodidacta prodigio: Desde niña mostró una inteligencia excepcional: aprendió a leer muy pequeña y llegó a estudiar por su cuenta latín, filosofía, teología y ciencias en una época en la que las mujeres tenían acceso muy limitado a la educación.
Ingresó al convento para poder estudiar: Decidió convertirse en monja no solo por vocación religiosa, sino porque el convento le permitía dedicarse al estudio y la escritura, algo prácticamente imposible para una mujer en la sociedad virreinal.
Es autora de una de las primeras defensas del derecho de las mujeres a la educación: Su obra “Respuesta a Sor Filotea de la Cruz” es un texto fundamental donde defiende el derecho de las mujeres al conocimiento, lo que la convierte en una figura adelantada a su tiempo en temas de igualdad intelectual.
