Cadenas sociales

La resonancia que pueden tener nuestras acciones más simples a favor de otras personas siempre es una característica de comunidades sólidas y unidas. Por lo general esto se demuestra en los peores escenarios, como la enfermedad, los desastres o las crisis económicas.

Pero una actitud solidaria es algo mucho más complejo si se hace con consistencia. Se trata de construir cadenas de actos cotidianos que, poco a poco, modifiquen el comportamiento de los demás hasta alcanzar a una mayoría que cambia por completo.

En otras ocasiones he compartido las preocupaciones que, de acuerdo con encuestas que hacen instituciones respetadas por todos como el Inegi, son comunes para cualquier persona. Desde los baches en las calles y hasta la iluminación de los espacios públicos, nuestras demandas sociales están concentradas en mejorar nuestra calidad de vida a partir de nuestro hogar, colonia y municipio.

¿Qué tanto podemos contribuir a que eso ocurra con mayor rapidez de la que pueden actuar las mejores autoridades dispuestas a ayudarnos o aquellas que no lo estuvieran tanto? Depende, creo, de nosotros y de la forma en que podemos colaborar, coordinarnos y estar comunicados.

Es lo que llamo desde hace tiempo el juego de las “C” y que es altamente eficaz una vez que lo asumimos como una manera de convivir en comunidad. Se empieza con acuerdos mínimos, básicos, para avanzar en las posibles soluciones a conflictos y problemas más difíciles.

Recientemente, una lectora me buscó por redes sociales para compartirme que había logrado organizar a varios vecinos de su edificio para recuperar un área verde que estaba abandonada entre dos andadores. Sitio de acumulación de basura, luego de plagas y más tarde hasta de delincuencia, la vecina tenía la idea fija hace mucho tiempo de rehabilitarla e iniciar un huerto.

El primer intento, narró, fue un completo fracaso. Horas de trabajo para limpiar, quitar la hierba, acondicionar la tierra y sembrar varias plantas, terminaron a la mañana siguiente cuando aparecieron varias bolsas de basura, plantas arrancadas y el suelo revuelto y vandalizado. Si alguien se dio cuenta, prefirió no decir nada.

Pero la vecina no se detuvo y volvió a organizar la jornada de renovación, solo que ahora con un pequeño convivio, un poco de música y un cartel explicando que era un esfuerzo de los mismos vecinos. Con menos daños que la ocasión anterior, a los dos días el jardín lucía en malas condiciones.

Hubo una tercera y una cuarta jornada de trabajo comunitario. Un vecino puso una cerca casi simbólica, otro pintó en el área una imagen religiosa para llamar a la misericordia de aquellos que vandalizaban. Al quinto intento, varios ofrecieron hacer guardias día y noche.

La consistencia dio frutos antes que las hortalizas plantadas. Ya no hubo ningún daño y la foto que me envió muestra un agradable huerto con macetas, adornos, un par de sillas de madera que siguen intactas y los primeros brotes de vegetales que se dieron gracias a las lluvias de los últimos meses.

De vez en cuando hay algún desperfecto y quien no le agrada el cambo de imagen del pequeño jardín en medio de dos andadores hace algún destrozo que, justo al día siguiente, algún vecino vuelve a componer, porque lo han adoptado como una extensión de su propio hogar. Es una cadena de personas que actúa rápido y con persistencia. Tal vez esa es la explicación de su éxito.

* Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quien las escribe y firma, y no representan el punto de vista de Publimetro.

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