Opinión

México distópico

¿Se imagina usted, lector, viviendo en una distopía en la cual tuviera que cometer un delito, como requisito para comprar una televisión nueva? Imagine vivir en un país donde no pudiera comprar pasta dental, a pesar de que la empresa fabricante tuviera almacenadas toneladas de producto. O en una economía en la que, para comprar un kilo de azúcar, debiera usted de hacerse acompañar siempre por algún amigo o familiar. Suena mal, ¿cierto? Parece un episodio de una serie distópica, pero fue real: ese era México en los años 70 y 80, gracias a los delirios populistas de sus gobiernos.

Yo nací y crecí en ese México. La primera televisión a color, y su mágico control remoto, llegaron a mi casa gracias al “contrabando”, palabra incómoda que después reemplazamos con el eufemismo “fayuca”; el azúcar escaseaba, y yo debía acompañar a mi abuela a la tienda para comprarla, pues sólo vendían medio kilo por persona; por diez años, mis tenis fueron todos de la misma marca: había muy poca industria y las importaciones eran carísimas, cuando no expresamente prohibidas.

Y el culpable de esas carencias era el gobierno: su control asfixiante sobre cada aspecto de la economía había provocado escasez, filas, estrés... un infierno. Y si la situación económica era horrible, la política era aún peor: un policía cualquiera podía detenerle a usted en cualquier momento, con cualquier pretexto, para extorsionarlo; un burócrata podía negarse a realizar hasta el más sencillo trámite, a la vista de todos, sólo para poder exigir una dádiva a cambio de hacer su trabajo; un político hacía campaña electoral pintando bardas y poco más, pues sabía que la elección estaba decidida y el voto era un mero trámite folclórico.

Ese México me daba pena, asco y miedo. Crecí y comencé a comprender ese modelo, descubriendo que su origen estaba en un gobierno cínico y abusivo, y una sociedad que prefería acomodarse antes que cambiar. Pasaron los años y México evolucionó; dejó de darme pena, asco y miedo; sociedad y gobierno se mostraron diferentes en los años 90, y me hicieron sentir orgulloso en el nuevo siglo, alumbrando un país de opciones, de crecimiento, y de libertades garantizadas por la ley.

Pero hoy, después de cinco años de rancio y nostálgico populismo federal, veo con preocupación que aquel México jodido asoma la cola una vez más: el cínico gobiernito del Licenciado López lo ha alimentado, le ha abierto la jaula, y se dispone a soltarlo otra vez.

¿Usted, lector que cuenta más de 40 años, está dispuesto a vivir otra vez en aquel México castrado y sin opciones? ¿Usted, lector joven, está preparado para conocer ese mundo donde sus méritos no cuentan, y debe hacer filas para todo?

Prepárese: el gobierno federal que sufrimos hoy pretende colocarnos justo ahí, aislados y empobrecidos, como lo estuvimos en los 70s y 80s. El México con el que sueñan quienes se agrupan en el membrete de #morena, es pequeñito, obscuro, maloliente... y peligroso. Ese México, donde no hay ley, ni libertades, ni opciones, ni bienestar, se está gestando nuevamente: ya no hay “fayuca”, pero sí “huachicol”; todavía no escasea el azúcar, pero sí las vacunas; aún puede usted viajar al extranjero a comprar cosas, pero ya hay militares en el aeropuerto acosándole a su regreso... así comienza esa historia.

No permita que lo lleven ahí, lector. Luche hoy camino a las urnas, o sufra mañana en su mesa, en su cama, y en todas las calles.

CAMPANILLEO

¿Le suenan a usted las palabras “autosuficiencia energética y alimentaria”?

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