Opinión

El país que pospone el futuro


Para leer con: “Freaks”, de The Hawk in Paris

El futuro pospuesto: entre la inmediatez y el olvido
El futuro pospuesto: entre la inmediatez y el olvido (Gemini)

La escena es tan común que parece un gesto cultural: un mexicano abre su estado de cuenta, ve un número que no entiende, decide que la vida es demasiado corta para descifrarlo y vuelve a TikTok. Así se construye, cotidianamente, uno de los misterios más persistentes de este país: ¿por qué evitamos entender aquello de lo que dependerá nuestro futuro?

En México, hablar del retiro es como hablar de Saturno: un sitio posible, pero lejano, improbable. La conversación se pospone con el mismo entusiasmo con el que postergamos ir al dentista. Y efectivamente, como el dolor de muela, el tiempo suele hacer su aparición de la manera más incómoda.

El Plan Personal para el Retiro, ese invento que podría funcionar como la red de protección del yo futuro, tiene la triste suerte de competir con prioridades más urgentes: la renta, el súper, la gasolina y, por supuesto,con los regalos de Navidad. El retiro no compite con otras inversiones: compite con el presente, que aquí siempre grita más fuerte.

Nadie nos explicó su lógica. No hubo clases de jubilación en la secundaria, ni talleres de “cómo no convertirte en carga para tus hijos”. Crecimos con una fe casi religiosa en que “algo pasará”. Y algo sí pasa: llegan los sesenta y tantos y descubrimos que la fe es una pésima administradora financiera.


La paradoja es gritona: queremos un futuro estable, pero delegamos su construcción al azar. Es como pedirle al horóscopo que gestione la hipoteca. Muchos mexicanos ignoran que existen instrumentos, incentivos fiscales y estrategias accesibles para asegurar un retiro mínimamente digno. No por rebeldía, sino por costumbre: nadie investiga lo que no cree que le pertenezca. Y el futuro, en México, le pertenece a un escenario por demás nublado.

Pero el PPR es una anomalía luminosa: una decisión individual que sí tiene efectos colectivos. Cada persona que ahorra para su retiro reduce la presión social, económica y emocional de generaciones enteras. Es un acto de responsabilidad cívica, aunque venga disfrazado de trámite bancario. En un país donde celebramos al héroe improvisado y desconfiamos del planificador, el PPR exige una disciplina casi subversiva: creer que estaremos vivos dentro de 20 o 30 años.

Quizás la raíz del problema sea narrativa. No sabemos contarnos el final del cuento. No hay épica en imaginarse viejos con solvencia; no hay corridos sobre aportaciones voluntarias. Hablamos de la tercera edad como un naufragio inevitable, no como una etapa que merece construirse con anticipación. Y a esto le llamamos “problema cultural”.

La inacción, sin embargo, tiene visibles consecuencias. El sistema no perdona la indiferencia: quien no siembra, enfrenta incertidumbre. A pesar de eso, seguimos postergando la consulta mínima que podría cambiarlo todo. Rehuimos preguntar, comparar, entender. Tratamos el retiro como se trata una mancha en el saco: “luego lo veo”.

Quizá el mayor acto de amor propio y familiar sea ese: dejar de improvisar la vejez.

Porque si algo debería indignarnos, no es el trámite, la tabla de aportaciones o la burocracia, sino la posibilidad —muy real— de descubrir demasiado tarde que el futuro sí había estado disponible… pero no le dimos clic.

       

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