Opinión

Diciembre: el mes que nos celebra y nos descompone

Para leer con: “Positive Bleeding”, de Urge Overkill

Fiestas decembrinas (Foto: Cuartoscuro) (Edgar Negrete)

Diciembre siempre llega disfrazado de celebración, pero debajo de la envoltura y del moño, guarda algo más complejo: una mezcla de entusiasmo y vértigo que ningún aguinaldo termina de equilibrar.

Es el mes donde cada emoción se potencia: la alegría pesa más, la nostalgia pesa, la deuda respira en la nuca. Todo junto, sin orden ni ritmo, como si el país entero activara un modo festivo que también exige sobrevivirlo.

Las calles se llenan de luces y de tránsito, pero también de recordatorios: cenas que alguien tiene que pagar, intercambios donde el presupuesto se tensiona hasta el último peso, compromisos sociales no siempre son voluntarios. México vive diciembre como una coreografía que aprendió de memoria, pero que cada año interpreta con mayor cansancio. Hay entusiasmo, pero también ese suspiro que escapa antes de aceptar otra posada.

La temporada es un espejo de nuestras contradicciones más básicas. Mientras los comercios repiten la promesa del “todo a meses”, la realidad doméstica se administra con calculadora emocional: ¿cuánto cuesta la convivencia?, ¿cuánto pesa el gesto amable que no queremos dejar de tener? En un país donde la inflación perfora silenciosamente los bolsillos, los rituales decembrinos se sostienen con una mezcla de ingenio, tarjetazos y esperanza.


Pero el colapso no es solo financiero. También es mental. El año exige cerrarse de golpe: pendientes, reportes, metas que quedaron a medias. La fatiga se disfraza de cena de fin de año, como si la única forma de despedir el cansancio fuera enmascararlo con un brindis. En redes abundan los mensajes de gratitud, pero fuera de la pantalla, todos intuimos lo mismo: el año estiró más de la cuenta la resistencia de muchos.

Diciembre tiene la crueldad de hacer inventarios emocionales. Es el mes donde se cuentan las ausencias y se celebran las presencias; donde la memoria opera con filo y el tiempo se hace más visible. La nostalgia es un impuesto estacional: nadie se salva. Y aun así, seguimos recorriendo este mes como el que cruza un puente viejo: con cuidado, pero sabiendo que siempre hay algo al otro lado.

Puede que lo más sincero de la temporada no sea la fiesta, sino la humanidad que se filtra entre los planes. Diciembre nos recuerda que el país también se sostiene en pequeños gestos de subsistencia emocional: quien ofrece posada sin preguntar, quien manda un mensaje tardío pero necesario, quien decide bajar el ritmo y no disfrazar el agotamiento. Es muy probable que el verdadero cierre de año esté ahí: en admitir que la celebración dialoga con el cansancio, que la alegría necesita descanso y que el futuro empieza, casi siempre, con una pausa.

Porque el país puede leer su propio estado anímico en este mes: si diciembre nos tensiona, no es por sensibilidad excesiva, sino por la forma en que la vida cotidiana exige mantener todo a flote. Ese es el milagro menos contado de estas fechas: sobrevivimos a un mes diseñado para emocionarnos y para agotarnos. Y aun así, cada año, repetimos la coreografía.

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