Opinión

El año que siempre empezamos y casi nunca estrenamos

Para leer con: “Once in a Lifetime”, de Talking Heads

Año Nuevo
Año Nuevo (Lilifotos/Envato)

El primero de enero es el único día del año en que creemos que el calendario tiene poderes terapéuticos. Cambia el número, se borra el pizarrón y, por arte de magia, también tendrían que desaparecer los vicios. Todo Año Nuevo llega con la fe ingenua de una aplicación recién descargada: promete orden, disciplina y una vida mejor en doce pasos que jamás completaremos.

Ese día amanecemos con una convicción solemne: ahora sí. Ahora sí el gimnasio, ahora sí la dieta, ahora sí el ahorro, ahora sí la lectura de los clásicos que miran desde el librero como testigos protegidos. El cuerpo, todavía resentido por los excesos decembrinos, es sometido a una dieta que confunde castigo con redención. El refrigerador se llena de verduras con vocación decorativa. La báscula se convierte en oráculo. El espejo, en juez. El primero de enero es el único día en que la báscula miente menos que nosotros.

Los propósitos de Año Nuevo tienen algo de manifiesto político: son grandilocuentes, bien intencionados y destinados al incumplimiento. Prometemos cambiar como si el carácter fuera un interruptor y no una colección de tercos hábitos. Nos juramos que este año sí dormiremos ocho horas, beberemos menos café, diremos no a lo innecesario y sí a lo importante, aunque nunca quede claro qué es una cosa y qué la otra. A los pocos días, la agenda vuelve a saturarse de pendientes que no recuerdan haber sido invitados al ritual del cambio.

El problema no es falta de voluntad, sino fuerza de costumbre. Las inercias no se rinden ante el calendario; mucho menos ante el suspiro. El tránsito vial no sabe que es enero. El correo electrónico no se conmueve con nuestros nuevos propósitos. El jefe no suspende su carácter porque hayamos decidido ser una mejor versión de nosotros mismos. La vida, con su admirable falta de sensibilidad simbólica, continúa igual que siempre.


Así, los buenos hábitos duran lo que un propósito sin testigos. El gimnasio se vacía con la rapidez con la que se llenó. Las bicicletas estáticas regresan a su función original: percheros sofisticados. Las libretas de metas se convierten en archivo histórico de intenciones fallidas. Para la segunda semana de enero, ya estamos otra vez negociando con nosotros mismos: “hoy no, pero mañana sí empiezo”. El mañana, fiel a su mala reputación, nunca llega.

Sin embargo, sería injusto burlarse demasiado del ritual. Porque, aunque los propósitos fracasen, el gesto importa. Los humanos necesitamos ciclos como necesitamos historias. Nos tranquiliza pensar que hay comienzos claros, aunque sepamos que son arbitrarios. El año no empieza realmente el primero de enero: empieza cuando podemos, cuando nos alcanza la energía, cuando algo se rompe o se acomoda. Pero fingimos que sí empieza ahí, porque necesitamos una fecha para hacer inventario moral.

El Año Nuevo es una pausa simbólica, una respiración colectiva. Nos permite creer, aunque sea por unas horas, que el desorden es reversible. Que el pasado puede archivarse con una etiqueta nueva. Que no estamos condenados a repetirnos sin remedio. Es una ficción útil, como todas las buenas ficciones. No cambia la realidad de inmediato, pero cambia la manera en que la miramos.

Los rituales no existen para cumplirse al pie de la letra, sino para hacer notar algo esencial: que el tiempo pasa y que seguimos aquí. Brindar, contar los segundos, comer uvas a una velocidad incompatible con la masticación honorable, ponerse ropa interior de colores con supersticiones textiles incluidas… Todo eso no arregla la vida, pero la hace más llevadera. El ritual no promete eficacia; promete sonrisas.

Aunque sepamos que olvidaremos los propósitos, volvemos a formularlos cada año. No porque creamos realmente que esta vez todo será distinto, sino porque necesitamos decirnos que podría serlo. El optimismo de enero no es ingenuidad: es resistencia. Es una forma modesta de esperanza.

Al final, el Año Nuevo no sirve para cambiar de vida, sino para volver a intentarlo. Y eso, en un mundo que se empeña en convencer de que nada cambia, no es poca cosa. Los propósitos caerán, las inercias regresarán, pero el ritual habrá cumplido su función: recordarnos que, aunque sea por un instante, creímos que podíamos empezar de nuevo. Y a veces, creerlo es el primer paso para hacerlo.

* Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quien las escribe y firma, y no representan el punto de vista de Publimetro.

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