Siempre me ha intrigado la manera en que ciertos temas se vuelven virales. Conceptos científicos que, al mezclarse con imaginación, terminan convirtiéndose en mitos modernos. Uno de ellos es la llamada “resonancia Schumann”. Para algunos es un misterio; para otros, una explicación emocional de lo que no entienden. Pero más allá del mito, lo verdaderamente valioso es lo que este fenómeno revela sobre nuestra forma de pensar, de interpretar la realidad y de buscar sentido.
La resonancia Schumann es un fenómeno físico claro y documentado: la Tierra tiene un pulso electromagnético generado por miles de descargas eléctricas que viajan entre la superficie y la ionósfera. Su frecuencia más conocida es de 7.83 Hz. No es magia ni energía espiritual. Es ciencia. Y entenderlo así no le resta valor; al contrario, nos recuerda la importancia de distinguir entre hechos, creencias e interpretaciones.
Lo que más me llama la atención no es la frecuencia en sí, sino la necesidad humana de explicarlo todo, incluso cuando no tenemos todas las herramientas. Esa búsqueda nos acompaña desde siempre. Queremos certezas, queremos explicaciones rápidas, queremos conectarnos con algo más grande que nosotros. A veces, esa necesidad nos lleva a conclusiones apresuradas; otras, nos invita a reflexionar con mayor profundidad.
Cuando algo despierta curiosidad, también despierta interpretaciones. Y esas interpretaciones suelen reflejar nuestras inquietudes, nuestros miedos y nuestro deseo de encontrar armonía en medio del ruido cotidiano. Por eso creo que este tema, más que fascinarnos por su contenido técnico, debería inspirarnos a pensar mejor, a cuestionar más y a formarnos un criterio propio.
Me gusta ver la resonancia Schumann como una metáfora útil: un recordatorio de que también las personas generamos ondas. Cada acción, cada palabra y cada silencio producen un efecto. Nos influimos unos a otros en la forma en que vivimos, convivimos, trabajamos, aprendemos y cuidamos lo que compartimos. Nada es neutro cuando se vive en comunidad.
Así como la Tierra tiene un pulso natural, nosotros también tenemos un pulso social, hecho de respeto, responsabilidad, empatía y coherencia. Ese pulso se fortalece con pequeños actos diarios: cumplir acuerdos, escuchar con atención, cuidar el entorno, dar buenos ejemplos, buscar comprender antes de juzgar y compartir información con criterio y responsabilidad.
Lo que realmente transforma no es una frecuencia electromagnética, sino nuestra disposición a pensar, a aprender y a actuar con propósito. La verdadera “vibración” nace de nuestra capacidad para distinguir entre lo que sabemos, lo que creemos y lo que necesitamos investigar mejor antes de aceptarlo como verdad. Ahí está la base del crecimiento personal y colectivo.
Si algo nos enseña este fenómeno es la importancia de observar cómo reaccionamos frente a la información. ¿La evaluamos o solo la repetimos? ¿La analizamos o la convertimos en una historia más? ¿Nos ayuda a entender el mundo o solo a llenar vacíos momentáneos? Las respuestas a estas preguntas definen la calidad de nuestras decisiones.
Una sociedad, una familia, un equipo o una comunidad también vibran. Su tono depende de sus hábitos, de cómo se comunican, de su nivel de empatía, de la confianza que generan y del ejemplo que dan. Cada persona aporta algo a ese tono, para bien o para mal, todos los días.
Por eso, más allá de la resonancia Schumann, lo relevante es reflexionar sobre el tipo de “frecuencia” que estamos generando cotidianamente. Una frecuencia que nazca del respeto, de la responsabilidad personal, del pensamiento crítico, de la curiosidad sana y de la acción con sentido.
No necesitamos fenómenos extraordinarios para mejorar como sociedad. Necesitamos voluntad, criterio y un compromiso real con quienes compartimos la vida. Esas son las vibraciones que construyen armonía, claridad, bienestar y futuro. QUE TENGAMOS Y HAGAMOS JUNTOS Y UNIDOS UN GRAN 2026!
HACER EL BIEN! HACIÉNDOLO BIEN!
